Los menores que pertenecieron a los grupos armados en Colombia y que siguen el proceso de reinserción social en la Casa de Protección Especializada (CAPRE) de los Salesianos en Medellín lo hacen por estar convencidos de que puede ser su única oportunidad para labrarse un futuro.
Es un proceso de puertas abiertas, es decir, sólo están los que se sienten convencidos de lo que hacen y encuentran la motivación necesaria por parte de los más veteranos y de los trabajadores sociales, psicólogos y educadores del centro. Algunos, sin embargo, no se adaptan y deciden abandonar el programa Construyendo sueños para volver con los grupos armados al darse cuenta de que es lo único que saben hacer y que, a la vez, es donde pueden conseguir dinero fácil.
Al haber vivido siempre en un mundo de adultos en el que la obediencia y la lealtad eran el motor de su vida para no perderla, sus inquietudes cuando llegan al centro son tan básicas como la confusión que demuestran.
La mayoría proviene del campo, de familias humildes y desestructuradas, así que la llegada a la ciudad es el primer sobresalto que sufren, al comprobar el ruido, el tráfico, las aglomeraciones de personas, los edificios…
Laura López, voluntaria de la ONG de Misiones Salesianas, Jóvenes y Desarrollo, que trabaja con ellos, lo explica de manera sencilla: «Debo enseñar contenidos de 5 años a chicos de 18. Cuando eres niño absorbes toda la información en un proceso continuo y rápidamente. En cambio, con personas de 18 años y una historia de vida construida, no dejamos de dar saltos para adelante y para atrás con el objetivo de asimilar los conceptos más básicos y no volver a olvidarlos».
Llegan con nociones básicas de muchas cosas, pero han vivido situaciones de tal dureza, y que el resto de los mortales, ni aunque nos lo propusiésemos, seríamos capaces de vivirlas, que tienen unos vacíos difíciles de completar a sus edades.
Apenas saben leer y escribir cuando llegan al centro, y ése se convierte en su principal objetivo, porque saben que sin un nivel mínimo no pueden inscribirse para aprender un oficio en los Talleres de Educación para el Trabajo y Desarrollo Humano de Ciudad Don Bosco, lo que en España equivale a la Formación Profesional (FP).
Laura se encarga de prestarles ese apoyo escolar que necesitan: «Tienen ganas de aprender, pero necesitan motivación, y eso es algo individual, porque los niveles son muy dispares».
Quienes asisten a estos talleres de apoyo en el centro salesiano para los niños desmovilizados del conflicto lo hacen por tres razones: no saben leer ni escribir y, por tanto, no pueden asistir a clases ni formar parte de los talleres en Ciudad Don Bosco; llegan nuevos al centro y están fuera de plazo para inscribirse a los cursos o están enfermos y participan en estas clases de nivelación.
Como hay tantos niveles diferentes, se han establecido dos grupos para aprender lo esencial y poder seguir estudiando: uno muy básico, en el que se enseña a sumar, restar, leer y escribir palabras y frases sencillas; y otro más avanzado, en el que se aprende a multiplicar y dividir y se aumenta el nivel de lecto-escritura.
Por otro lado, de lunes a miércoles asisten al CEPAR (Centro de Formación para la Paz y la Reconciliación), donde reciben una educación acelerada orientada a la reinserción social de los jóvenes afectados por la violencia.
Demuestran que son muy listos y que a fuerza de voluntad nadie los gana, porque los resultados son tan asombrosos como que en unas semanas una chica indígena se atreve a leer delante de sus compañeros o participan en la realización de carteles donde demuestran sus avances en la escritura.
‘Niños soldado’. El proceso de paz en Colombia desde dentro
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