Opinión Por Miguel Barrueco Ferrero* Sábado, 06 Mayo 2017 08:51
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Conflictividad sanitaria sostenida

*Médico

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La asistencia sanitaria es un tema de gran sensibilidad para la población y en el que confluyen múltiples intereses, en ocasiones contrapuestos. Viene esto a cuento de las movilizaciones en torno a la asistencia sanitaria, las llamadas mareas blancas, que vienen sucediendo en numerosos lugares de la geografía española (Andalucía, Galicia, Madrid, Castilla y León…), y también en Salamanca, con movilizaciones progresivas que han ido in crescendo en los últimos años al albur de los recortes sanitarios y el deterioro asistencial que conllevan.

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En algunos casos, como Madrid y Andalucía, han desencadenado cambios importantes.

Es indudable que durante los últimos años (bastantes años) se ha producido una disminución de la calidad de la asistencia sanitaria, y más en base a la disminución de recursos humanos que tecnológicos (que también).

Esta disminución de profesionales, junto a un aumento incontrolado de la demanda, ha restado tiempo para dos aspectos esenciales de la Medicina: el ejercicio sosegado de la misma y la comunicación médico-paciente, precisamente en un momento en el que las guías de práctica clínica insisten en que dedicar tiempo a la relación médico-paciente es eficaz y, sobre todo, eficiente: disminuye el gasto en pruebas complementarias; garantiza la calidad y seguridad de los tratamientos y la adherencia a los mismos; produce una mejora del estado de salud y una disminución de las consultas, visitas a Urgencia e ingresos hospitalarios.

En definitiva, no solo es bueno para el paciente, sino que se ahorra dinero. Por tanto, reivindicar con criterios razonables mayor dotación de recursos es una necesidad y un acierto.

En el caso concreto de Salamanca, a la falta de inversiones durante muchos años se une un sentimiento extendido entre la población, profesionales e instituciones de que se ha favorecido el lento deterioro del hospital en beneficio de otros hospitales de la Comunidad. Tradicionalmente, el Hospital Universitario de Salamanca ha sido el hospital de referencia en asistencia, docencia e investigación, y el sentimiento de abandono del hospital y de la Facultad de Medicina se siente como un agravio sanitario y también territorial. Reivindicar la dotación humana y tecnológica necesaria para mantener el status del hospital es una necesidad vital para Salamanca y, por tanto, un acierto.

Es un error centrar las críticas sólo en el funcionamiento de los hospitales, como en el caso de Salamanca, e ignorar la falta de resolución de la Atención Primaria, porque se transmite a la población la idea de que, "a pesar de los problemas", solo el hospital funciona, lo que contribuye a saturarlo aún más.

En cambio, es un acierto reivindicar recursos para la Atención Primaria y exigir a cambio mayor capacidad resolutiva. En este mismo sentido, es necesaria una mejor coordinación de la Atención Primaria y Especializada, aspecto del que todo el mundo habla y para el que nadie propone medidas concretas, y en situaciones de crisis como la actual puede ser necesario coordinar y descentralizar recursos de ambos niveles asistenciales.

En un servicio público como la Sanidad, el capital intelectual de los profesionales es el mejor activo que tiene un hospital. Conseguir comprometer activamente a los profesionales en la organización es difícil, exige motivarles en beneficio de todos: organización, pacientes y profesionales, y es una empresa ardua. En empresas privadas líderes en sectores tecnológicos, la motivación de sus profesionales forma parte del ADN empresarial y hace tiempo lo fue del de la Sanidad pública.

Sin embargo, cada vez los profesionales están más desmotivados, y de ello existen numerosos ejemplos de los que quizás los tres más importantes son la falta de interés por el desarrollo asistencial, docente e investigador en la Sanidad pública, la dedicación compartida con la Sanidad privada y el ansia por jubilarse de profesionales excelentes dedicados con entusiasmo durante muchos años a la Sanidad pública, a quienes el ejercicio profesional actual no les satisface ni compensa. Acabar con el desencanto es vital para el mantenimiento del sistema sanitario y desarrollar políticas específicas dirigidas a ese fin sería un acierto.

Los ciudadanos también tenemos nuestra responsabilidad en el deterioro asistencial. En muchas ocasiones, la demanda de asistencia es injustificada y contribuye a saturar las posibilidades de la oferta sanitaria. Es necesario ejercer nuestros derechos ciudadanos con responsabilidad. Debemos olvidarnos del para eso pago, que aún sigue formando parte del acervo cultural de muchos, y entender que la asistencia sanitaria la pagamos todos nosotros con los impuestos y su uso debe ser racional.

Es necesario estudiar medidas para acabar con los abusos. Si no se consigue racionalizar la demanda y ésta crece indefinidamente llevará a la crisis del sistema, y entonces lo echaremos de menos todos, profesionales y ciudadanos. Las listas de espera actuales son solo un ejemplo. Gestionar adecuadamente la demanda sería también un acierto.

 



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