Profesionales Por Sábado, 16 Octubre 2021 11:03
ENTREVISTA

Alberto Infante: "Pronostico una larga vida al sistema sanitario público, pero eso no basta, porque no quiero un sistema pobre para pobres"

Pocas disciplinas parecen resistírsele a este médico y escritor que conoce de cerca el Ministerio de Sanidad y la OMS y cuya voz analítica ha sido un referente durante los últimos 20 meses de pandemia. Preside la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas y acaba de presentar 'Matamala', su nueva novela

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El Dr. Alberto Infante, en un momento de la entrevista. El Dr. Alberto Infante, en un momento de la entrevista.

Alberto Infante (Madrid, 1949) cuenta que se decantó por la medicina porque no quiso elegir entre las ciencias y las letras, y pensó que ser médico le permitiría mantener conectadas sus dos pasiones. Ha cultivado ambas con un espíritu aventurero que le ha llevado a tocar infinidad de palos: la asistencia, la gestión y la docencia desde su Yo científico. La poesía, el ensayo, el relato corto y la novela desde su Yo literario.

Por aquello de simplificar, a menudo se le presenta como médico, profesor emérito de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto Carlos III y escritor, pero Alberto Infante es mucho más que eso. Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense, experto en salud pública y administración sanitaria, ejerció como médico general y como especialista en Medicina Nuclear. Tras dirigir un Centro de Promoción de la Salud en el Ayuntamiento de Madrid, ingresó en el cuerpo de Inspectores Médicos de la Seguridad Social y se hizo cargo de la Dirección Provincial del Insalud en Almería. Sus siguientes pasos le llevaron al Servicio Andaluz de Salud en Cádiz y Sevilla.

En 1987, fue nombrado subdirector general de Relaciones Internacionales del Ministerio de Sanidad y Consumo, donde ocupó durante años numerosos puestos de responsabilidad, entre ellos, los de asesor ejecutivo, director general de la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud (SNS) y director general de Ordenación Profesional, Cohesión del SNS y Alta Inspección. Ha sido consultor de la OMS, en cuyo seno trabajó entre 1994 y 2002 como funcionario de la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS).

Alberto Infante Asemeya Macarena HernandezEl pasado 7 de octubre, el mismo día que se hizo pública la concesión del Premio Nobel de Literatura a Abdulrazak Gurnah –autor al que reconoce no haber leído–, visitó Salamanca para presidir la ceremonia de ingreso de Macarena Hernández Prieto en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas (ASEMEYA), entidad que preside. "Es el primer acto presencial que organizamos desde el inicio de la pandemia, y hacerlo en Salamanca tiene un simbolismo especial por las connotaciones históricas y culturales de esta ciudad", comentaba minutos antes de que la Dra. Hernández pronunciara su discurso, titulado Teresa de Jesús: aproximación a la salud de una santa escritora.

Pocos días antes, Alberto Infante había presentado en la Feria del Libro de Madrid su última novela, Matamala, el nombre de una pequeña pedanía de Segovia con el que bautiza un pueblo imaginario de la sierra madrileña. Un libro "de intriga y crítica social" en el que comparten historia un médico jubilado, una estudiante de periodismo, "un juez conservador y puntilloso" y otros personajes que van tejiendo relaciones en torno a "un crimen aparentemente absurdo".

matamala novela Alberto InfanteÉl presume de la portada, en la que se observa, en una imagen tomada por su mujer –"que es muy buena fotógrafa"–, la choza "de un cabrero vecino nuestro" (vídeo de la presentación).

Con esta obra literaria, Infante retoma la escritura de ficción tras publicar Crónica del año de la pandemia, un volumen en el que narra lo ocurrido desde que un virus recién descubierto, el SARS-CoV-2, comenzó a poner en entredicho nuestra manera de vivir. Sobre ello también reflexiona en el blog Ciencia contra la pandemia, publicado en elDiario.es, donde desmenuza junto a Daniel López-Acuña y José Martínez Olmos, el devenir y la gestión de esta crisis global.

Ha declarado en alguna ocasión que mantiene una relación de bigamia con la literatura y la medicina. Después de varios años jubilado, ¿a cuál de las dos le es más fiel?

Estaba siendo más fiel a la literatura hasta que apareció la pandemia, que me volvió a meter de hoz y coz en la salud pública y la gestión sanitaria. Ahora soy bígamo mitad y mitad.

En su obra siempre trata de buscar el optimismo, incluso ante las realidades más negativas. ¿Ha sido fácil en este último año y medio encontrar ese tono positivo? 

Como durante este tiempo me he dedicado a escribir mucho sobre la pandemia desde un punto de vista médico y epidemiológico, intentando hacer algo que fuera útil a la población, la pandemia ha afectado poco a mi literatura. En realidad, la literatura que he escrito durante estos últimos veinte meses no ha tenido que ver con la pandemia, y su tono tampoco.

¿Cuántas veces ha agradecido, en este año y medio de pandemia, haber dejado atrás su etapa dentro del Ministerio de Sanidad?

Conservo en el Ministerio a buenos amigos y amigas, personas memorables con quienes trabajé y que siguen allí. Desde luego, prefiero no haber tenido que lidiar con todo esto. Gestionar esta situación es algo muy difícil, muy complicado; hagas lo que hagas, probablemente te equivocarás. Y cuando aciertes, desgraciadamente no contentarás a todo el mundo. Desde Ciencia contra la pandemia hemos defendido la gestión en muchas ocasiones, y en otras la hemos criticado, pero siempre desde una actitud propositiva, según nuestro leal saber y entender. A estas alturas de la pandemia, lo que podemos decir es que la situación actual es de prudente optimismo, pero también que si las cosas se hubieran hecho de otra manera, sobre todo desde octubre del año pasado, quizá habríamos evitado una parte de la mortalidad y los sufrimientos que se han producido. Creo que en España, como en la mayoría de los países de la Unión Europea, hemos caído en una falsa dicotomía entre salud y economía y, con el paso del tiempo, los argumentos sobre la reactivación económica con frecuencia han ido prevaleciendo sobre los de protección sanitaria, y las desescaladas que se han hecho han sido demasiado aceleradas. En conclusión, hemos sufrido cinco olas, y eso se traduce en más muertes y más sufrimiento.

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En las intervenciones públicas y en los artículos que escribimos entre octubre y junio de este año, defendimos que si se hubiera actuado con más prudencia, intercalando periodos de confinamiento selectivos, por zonas y de corta duración, habríamos frenado algunas de esas olas y quizás no habrían alcanzado el impacto que han alcanzado. Porque este es un virus muy peculiar: o te anticipas o te gana; no puedes ir por detrás, imponiendo medidas drásticas cuando ya han subido los casos. Hay que anticiparse a que suban. Pero la opinión pública, muchos jueces y los agentes económicos viven eso muy mal, porque es anti intuitivo: se trata de ir por delante con decisiones que, aparentemente, no están justificadas con los datos disponibles el día que las tomas. Sin embargo, sabes que, si no lo haces, su eficacia será menor cuando las pongas en marcha, la recuperación tardará más tiempo y la cifra de ingresos y de fallecimientos se disparará.

Muchas de las medidas más drásticas han sido criticadas y han generado un alto grado de rechazo. ¿Hemos sabido transmitir bien lo que nos estábamos jugando

Tampoco podemos flagelarnos. Pero ha sido una tragedia. Han muerto muchas personas, una parte de las cuales probablemente podrían no haber fallecido. Ha enfermado mucha gente, parte de la cual podría no haber enfermado. Hemos pagado un coste importante en salud. Hace poco se han conocido los resultados de un estudio realizado en 29 países desarrollados, entre ellos España, que han sufrido la mayor caída de la esperanza de vida desde el final de la Segunda Guerra Mundial, 14 meses en promedio, en algunos 16 o 18. Remontará, claro, pero es un pasivo muy importante. Además, no es evidente que, de haber actuado como nosotros proponíamos, se hubiese producido más daño económico que el que ha habido. Me parece que esto se ha visto claro con el turismo de este año. Si entre enero y mayo –la tercera ola– se hubiera actuado de otra manera, quizás hubiéramos tenido un verano turístico limpio de mucha mayor duración y, por tanto, podrían haberse compensado con creces los costos económicos que hubieran generado, supuestamente, esas medidas más drásticas tomadas de enero a mayo. De este modo, hemos tenido un verano de mitad y mitad o mitad y tres cuartos. Y además hemos pagado un importante pasivo sanitario. 

¿Intentar contentar a todos ha impedido actuar con más contundencia? 

Es una reflexión difícil de hacer, y comprendo que es algo muy complicado para quienes tienen que tomar decisiones todos los días y están continuamente presionados por el sector de la restauración, por la hostelería, por el ocio nocturno, por las líneas aéreas... Me refiero a los gobiernos municipales y autonómicos y al Gobierno central. Pero también es una crítica que puede hacerse a la Unión Europea en su conjunto, porque los mensajes que llegaban desde Bruselas iban en la misma dirección: que se reactive la economía, que se incremente la movilidad interna... 

Más de un año y medio después, la población está muy cansada, muy dañada emocionalmente, y con los datos epidemiológicos actuales, se perciben muchas ganas de dar por terminada esta pandemia. ¿Cuál es su vaticinio? ¿Qué cree que va a pasar a partir de ahora?

Es difícil saberlo. Creo que existen elementos positivos y algunos riesgos no conjurados. Las vacunas están funcionando incluso mejor de lo que se pensaba. No protegen al 100%, pero protegen mucho. Y lo hacen, como poco, durante nueve meses, si no más, que es más de lo que se estimaba al principio; empezaron a administrarse en diciembre del año pasado, estamos en octubre y mantienen la protección... Además, en las últimas semanas han aparecido dos medicamentos antivirales específicos con tasas de efectividad altas, superiores al 50%, en la prevención de ingreso grave y de muerte por covid-19 si se administran en el momento adecuado. Uno es de Merck y el otro de Astrazéneca. En el último año, también han mejorado muchísimo los tratamientos farmacológicos no específicos, fundamentalmente con dexametasona, así como la terapia respiratoria, antiinflamatoria de soporte vital. Los médicos y las enfermeras han aprendido mucho y lo hacen cada vez mejor. Están sacando adelante a personas con covid-19 que en marzo o abril del año pasado hubieran fallecido casi en la puerta del hospital o sin llegar a él. Por tanto, desde ese punto de vista, también hemos mejorado. Y otro elemento positivo es que todo parece indicar que las plataformas de fabricación de vacunas de ARN mensajero están ya bastante entrenadas y que la tecnología ha sido compartida por bastantes laboratorios, por lo que, el caso de que hubiera una mutación que hiciera caer de manera sustancial la efectividad de las actuales vacunas –lo que no se puede descartar–, el plazo para disponer de nuevas vacunas sería relativamente breve.

¿Y cuáles son los riesgos a los que se refiere?

En primer lugar, y por ahora es solo una hipótesis, hay que pensar que el virus se va a hacer endémico. Da la impresión de que la variante que actualmente predomina (la delta) está ocupando el nicho ecológico de manera bastante consistente y, por el momento, no deja proliferar las nuevas. Es algo que hay que seguir monitorizando muy despacio. El País ha publicado estos días un artículo sobre algo que me parece muy interesante: la monitorización de las aguas residuales puede ser un elemento epidemiológico de primer orden a la hora de anticipar la aparición de nuevos brotes, incluso dos semanas antes de que den la cara en la población por los métodos usuales. Esta potencialidad se ve limitada por la capacidad de tener (o no) una sectorización adecuada de los medidores. Ahora tenemos 35 o 36 puntos de detección, y se prevén inversiones para llegar a 58, pero eso va a tardar año y medio. Además, pueden no estar ubicados en los sitios adecuados. Es algo que habría que planificar muy bien. En cualquier caso, se ha demostrado que es un elemento interesante que no conocíamos y que funciona. ¿Cuál es el mayor riesgo? En mi opinión, que la gente se olvide de esto, que crea que ya ha pasado, que no usemos mascarilla, que nos relajemos y aparezca una variante simplemente un poco más contagiosa o un poquito más letal y que escape un poquito más de la acción de las vacunas. Si se sumaran esos tres poquitos, el impacto podría ser tremendo.

Entonces, ¿podemos estar algo más tranquilos, pero debemos seguir alerta?

Así es. Yo veo la situación con prudente optimismo, pero insistiendo en que riesgo bajo no significa riesgo nulo.

Alberto Infante 7Nuestro sistema sanitario ha estado sometido a una prueba de fuego y, al menos por el momento, parece que ha soportado una crisis brutal que, pese a los avisos, se ha vivido como imprevista. Sin embargo, no hay duda de que no va a salir indemne. ¿Cuáles cree que son los daños más graves que está sufriendo el sistema y que habría que reparar cuanto antes?

En mi opinión, el problema fundamental es que la pandemia pilló al sistema sanitario sin haberse repuesto de la descapitalización que había sufrido como consecuencia de las políticas desarrolladas para hacer frente a la crisis económica de 2008. A partir de 2015-2016, había empezado a remontar, pero estábamos a mitad camino: precariedad laboral, temporalidad, falta de personal, barreras financieras para algunas prestaciones... Además, como el SNS es un sistema descentralizado gestionado por las comunidades autónomas, este impacto ha sido diferente dependiendo de los territorios y de las políticas que se han hecho en ellos en cada momento, sobre todo de las políticas de personal. No podemos seguir con esa idea que tienen algunos de que es posible tener servicios públicos nórdicos con impuestos chipriotas. Esto no funciona en ningún sitio. Si queremos servicios públicos desarrollados, nuestra presión fiscal tiene que subir, porque está 5 o 6 puntos por debajo de la media de la UE. Y respecto al gasto público, menos mal que la Unión Europea ha corregido sus estrategias anteriores y ahora no es anatema gastar y endeudarse. El gasto público en servicios sanitarios y sociales, en investigación y en ciencia tiene que subir sustancialmente durante los próximos diez años. No uno ni dos años: debe subir sostenidamente durante al menos dos legislaturas para recuperar el talento que se ha ido, para pagar mejor y para atraer vocaciones, porque se nos escapan. Yo formo parte de la generación que creó el SNS, y nos estamos yendo. O se retribuye adecuadamente el entrar al sistema y quedarse en él o el sistema se descapitalizará tanto en términos humanos como materiales.

Con este panorama, ¿pronostica una larga vida al sistema sanitario público español?

Sí. Pero no me basta con pronosticarle una larga vida. Yo no quiero un sistema pobre para pobres. Quiero un sistema como aquel por el que luchamos cuando éramos jóvenes: un sistema de alto nivel, de alta exigencia y de alta calidad científica y tecnológica para todos. Y con un trato humano para profesionales y pacientes. Y eso hay que pagarlo. Junto con la mejora de la salud pública, los hábitos y las condiciones de vida, el aumento de la renta y de la cultura, estos sistemas sanitarios han sido un factor muy poderoso a la hora de aumentar la expectativa de vida de la gente en los países desarrollados. Y, sobre todo, de que los años finales se vivan en mejores condiciones y las maneras de abandonar este mundo sean más dignas, más humanas. Si queremos tener eso, necesitamos invertir más.

¿Y eso cómo se le explica a una población que no quiere pagar más impuestos? 

Las encuestas que se hacen sistemáticamente demuestran que si la pregunta "¿estaría usted dispuesto a pagar más impuestos?" se asocia con "¿estaría usted dispuesto a pagar más impuestos si se aplicaran a sanidad y educación?", la mayoría de la población dice que sí. No está dispuesta a pagar más impuestos para otras cosas, pero para estas sí. El gasto público es una suma de cosas, y claro que no hace falta dinero solo para sanidad y educación, sino también para servicios sociales, para carreteras, para que existan oportunidades para todos… Pero gastar en sanidad pública y en una atención sanitaria pública de calidad está muy bien valorado por la gente.

Se ha referido antes a la fuga de talento y a la necesidad de invertir más en investigación, pero los resultados de la ciencia tardan mucho tiempo en verse, no son tangibles a corto plazo. Al final, España invierte muy poco, en comparación con otros países, y aquí no acaba de cuajar la opción del mecenazgo científico, una vía consolidada en EEUU, por ejemplo...

Invertir en ciencia es una de las cosas que hay que hacer con urgencia. Si después de esta pandemia todavía hay gente que piensa que la ciencia es un gasto, y no una inversión, ya no sé qué argumentos se necesitan. Si después de la erupción del volcán de La Palma, que ha sido anunciada, predicha y estudiada; si después del cumplimiento de las predicciones científicas de hace 25 años sobre el cambio climático –cuando muchos, incluidos algunos que han gobernado este país, hablaban de que su primo sabía más del cambio climático que los científicos– aún no se han convencido de la importancia de invertir en ciencia, no sé qué más podemos hacer. No hay peor ignorante que quien tiene un interés personal y material en seguir siéndolo. Si tú vives mejor haciendo el idiota, pues harás el idiota. Pero la mayoría de la gente no tiene ese interés.

Parece que estamos en pleno boom de la salud pública, muchas veces considerada "la hermana pobre de la sanidad". Nos hemos dado de bruces con su importancia, y ahora hasta se planea crear un Centro Nacional de Salud Pública. ¿Qué le parece?

En términos generales, me parece bien. El Proyecto de Presupuestos Generales del Estado (PGE) suena bien. Sin embargo, diré si la salud pública vive un boom o no cuando vea qué PGE se aprueban finalmente en el Parlamento español.

¿No cree que lo que hemos vivido nos vaya a servir de lección?

Espero que sí, pero no estoy seguro. Tengo sentimientos encontrados. Quiero creer que sí, pero si me atengo a las experiencias pasadas, hay motivos para dudar. La historia demuestra que la memoria colectiva puede ser corta. Desde luego, la historia no tiene por qué repetirse, y en este caso convendría que no se repitiera.

Igual que ha ocurrido con el volcán de La Palma, los científicos también habían avisado de que una pandemia podía llegar.

Claro. Se había avisado de que podía producirse una pandemia, se alertó sobre ello en 2019. Pero todavía en febrero de 2020 el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) decidió no declarar este virus de nivel 4 porque pensaba que no era necesario. Y a principios de febrero, la Organización Mundial de la Salud (OMS) decía que no se contagiaba entre humanos. Estas son lecciones duras de las que hemos de aprender. Si se reconocen y se analizan, de los errores se puede aprender más que de los aciertos. Los aciertos tienden a anestesiar; los errores inquietan, y solo de la inquietud surge el estímulo para mejorar.

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La OMS, en cuyo seno usted también ha trabajado, es otra de las instituciones que han sido puestas en duda durante toda esta crisis, sobre todo al principio... ¿Está de acuerdo con las críticas? 

Con algunas sí. Como el conjunto del sistema de Naciones Unidas, la OMS es la organización que los Estados miembros quieren que sea. La OMS no es independiente, al contrario. Es un organismo supranacional formado por Estados y que ejecuta lo que decide la mayoría de los Estados que la forman. No es autónoma, y quizá una de las lecciones que se podrían sacar de lo ocurrido –de hecho, ya hay un grupo de trabajo sobre esto en Ginebra– es que el Reglamento Sanitario Internacional, que es el único instrumento internacional que tenemos para hacer frente a estas pandemias, debe ser reformulado. De forma que, en determinadas circunstancias, como son las pandemias mundiales, se permita que el Secretariado, el director general, el Comité Ejecutivo..., y no necesariamente los Estados miembros, puedan actuar de urgencia para declarar una emergencia sanitaria mundial sin tener que esperar a cumplir todos los requisitos que se exigen con el reglamento actual. Porque si se espera, y lo hemos visto, en uno o dos meses la situación se ha ido de las manos. Creo que hay que mandatar a la OMS para que tenga esa capacidad. Y financiarla mejor. Además, muchos Estados miembros tienen que hacer más cosas. Por ejemplo, a estas alturas, el Reglamento Sanitario Internacional lo han ratificado menos de 60 países.

Y luego están las amenazas de algunos países, como la que supuso la retirada de fondos de EEUU...

Claro, EEUU desfinancia, luego China dice que "no sabe, no contesta"... Si dos países tan importantes actúan de ese modo, las cosas no irán bien. Afortunadamente, la nueva administración de EEUU ha corregido el rumbo. 

No me resisto a preguntarle por Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias (CCAES), que por su gran exposición se ha convertido en un personaje tan querido como vilipendiado...

Vaya por delante mi respeto para Fernando Simón, prefiero no haber estado en sus zapatos. Fernando Simón dirige un centro –que yo conocí bien cuando estaba en el Ministerio– que trabaja en red y forma parte del ECDC y, por tanto, ha sido partícipe y ha estado influido por las decisiones de sus colegas europeos. Además, creo que el Gobierno lo ha utilizado como vocero y, en ocasiones, ha exagerado su rol. El rol de los máximos responsables técnicos y de los máximos responsables políticos ha sido polémico en casi todos los países. Lo ha sido en Suecia, lo ha sido en Estados Unidos, en Francia, en Alemania... En mi opinión, otra de las lecciones de esta pandemia es que en España hace falta una institución más potente, con más funcionariado, más peso y más independencia técnica y administrativa que el CCAES, que, en realidad, es una subdirección del Ministerio de Sanidad, un organismo de la Administración gobernado por el Ejecutivo de turno y que, por tanto, carece de independencia política. Hace falta un centro estatal con formato de agencia, con suficiente capacidad técnica como para hacer recomendaciones independientes, sin perjuicio de que luego se sigan o no, en todo o en parte, por los decisores políticos. Es preciso que los dos planos –el político y el técnico– estén mucho mejor delimitados, más separados, porque si tienes que estar sentado un día sí y otro también durante veinte meses con el presidente de un Gobierno, no puedes ser independiente de ese Gobierno, eso es imposible. En ocasiones, a Fernando Simón se le ha puesto en una situación irresoluble entre sus propias ideas y pensamientos, y los de sus colaboradores, y lo que el Gobierno decidía que convenía hacer en cada momento. Si me pongo en su lugar, yo habría acabado exhausto. Probablemente, habría tirado la toalla.

¿En algún momento salió escaldado durante su larga etapa como gestor sanitario?

No, para nada. Tuve buenos compañeros, buenos colaboradores y la mayor parte del tiempo buenos jefes. Me considero afortunado.

¿De qué logros de aquel periodo se siente más orgulloso o satisfecho?

De haber inaugurado el Hospital Torrecárdenas en Almería, que cuando llegué, en 1983, llevaba tres años construido y sin abrir. De haber iniciado la remodelación de la Ciudad Sanitaria Virgen del Rocío, en Sevilla, que luego prosiguió. De haber sido subdirector general de Relaciones Internacionales del Ministerio de Sanidad y haber puesto en marcha la parte sanitaria de la contribución española al plan Salud: un puente para la paz en Centroamérica, donde todavía había guerra. De mis años en la OPS/OMS. Y ya en la etapa posterior de vuelta al Ministerio, del Plan de Calidad del Sistema Nacional de Salud entre 2007 y 2010.

Algunos de los innumerables países a los que ha viajado le han marcado especialmente, como la India o varias zonas de Latinoamérica. ¿Estar cerca de la gente más vulnerable ayuda a ver la vida de otra manera?

Te cambia la perspectiva. A mí me cambió la vida. Hasta los treinta y pocos años, yo no había salido de Madrid. Fui un niño urbano, de las zonas más populares del barrio de Salamanca. Eso me llevó a tener un pie en las chabolas de lo que entonces era el Arroyo Abroñigal y otro en el cogollito donde estaba (y sigue) el Colegio Calasancio de la calle Conde de Peñalver, donde me eduqué, lo que me hizo ver simultáneamente los dos mundos. El primer destino que me dieron cuando aprobé las oposiciones fue el de director provincial del Insalud en Almería, donde yo no había estado en mi vida. Allí todavía alcancé a conocer al cura Don Marino en La Chanca. Y luego las Américas, un continente que aprendí a querer. Eso le ocurre a muchos médicos. Por ejemplo, todos los años, la secretaria de ASEMEYA, Rosa Díaz, que es dermatóloga, se va un mes a Malawi a curar úlceras. La mayoría no nos hacemos médicos o enfermeras por dinero, no suele ser esa la motivación principal. El número de médicos que dedican parte de sus vacaciones y de su tiempo libre a atender a las personas más desfavorecidas, tanto en España como en otros lugares, afortunadamente es alto.

Alberto Infante 6Antes ha destacado su etapa como director general de Relaciones Internacionales como una de las más satisfactorias...

La primera lección que me dieron en cooperación internacional fue en Mauritania, y aquello contribuyó al nacimiento en España de Médicos del Mundo. A finales de los 80, Pilar Estébanez, una buena amiga que acaba de fallecer, estaba montando la organización y me vino a ver. Yo había terminado mis cuatro años en Andalucía y me acababan de nombrar subdirector de Relaciones Internacionales en el Ministerio de Sanidad. Me contó que estaba trabajando en eso. Yo acababa de volver de un viaje a Mauritania, y de repente había aprendido lo que era el subdesarrollo. Allí vi a gente viviendo en la playa, en contenedores metálicos de barco, a 53 grados al sol. Y un hospital, o lo que fuera, que se había construido por los franceses cuando la ciudad tenía 40.000 habitantes, y en ese momento tenía 250.000. Un hospital donde la medicina interna la llevaban médicos chinos; la pediatría, médicos búlgaros; había franceses en cirugía y las enfermeras eran españolas. No puedo explicar cómo era aquello, una torre de Babel donde nadie se entendía bien y donde al servicio de Urgencias llegaban (y se quedaban tiradas sobre una estera) personas con enfermedades que creía desaparecidas: lepra mutilante, poliomelitis deformantes. Y hambre, mucha hambre. En 1983, había habido una sequía brutal en El Sahel –si es que en el Sahel se puede hablar de sequía– que había producido el curioso fenómeno de que el Gobierno mauritano aboliera formalmente la esclavitud por la sencilla razón de que los amos árabes ya no podían mantener a los esclavos negros, así que los dejaban libres para que se murieran de hambre.

¿Por qué dice que recibió una lección?

Representantes de varios ministerios teníamos reuniones con las autoridades mauritanas. Yo era el médico de la delegación, y mi contraparte era la secretaria general del Ministerio de Salud mauritano, una señora que el primer día no habló absolutamente nada. Pero cuando acabó la reunión me preguntó: "Doctor, ¿le puedo recoger mañana temprano en su hotel? Quiero llevarle a ver una cosa". Le dije que sí, claro. Al día siguiente, un coche con chófer nos llevó por unas dunas, dando unos saltos tremendos, y yo pensaba: "¿Dónde iremos?". De pronto, el coche se detuvo y ella me pidió que siguiéramos caminando. Al pasar una duna, vi lo que me pareció que eran dos enormes remolques de camión cubiertos con unas lonas. Ella me dijo: "Mire, esto que ve ahí es un hospital de campaña del ejército italiano. Nos lo acaba de donar. No sabemos qué hacer con él. No sabemos operarlo ni tenemos recambios. No hay corriente eléctrica para ponerlo en marcha, y lo hemos dejado aquí para que no nos lo roben, pero probablemente en un mes no quedará nada. Por favor, no nos hagan esto". Esa fue la primera lección: escuchar, tratar de entender. Y no hacer nada hasta haber entendido. 

¿Y qué hizo?

Al día siguiente, al hotel llegó Paco Fernández Ordóñez, entonces ministro de Asuntos Exteriores, con Inocencio Arias, que era su jefe de gabinete. Paco llegaba de un viaje a Guinea Ecuatorial con un cólico nefrítico y yo tenía buscapina, así que se la di y empezamos a hablar. Fue la única vez que hablé con él, pero me pareció un buen hombre. Le conté lo que había visto y me preguntó: "¿Y tú qué crees que hay que hacer aquí?". Le contesté: "Pues hacerle caso a esta señora". El Ministerio de Exteriores era el que coordinaba las misiones, y yo tenía al ministro a mano, así que aproveché la oportunidad. El director general de Cooperación Técnica Internacional era Antonio de Oyarzábal, que había sido gobernador civil de Guipúzcoa, un buen hombre que dejaba hacer. El ministro me había dado carta blanca y él había sido testigo, así que en la siguiente reunión con los mauritanos dije: "Miren, lo que les vamos a proponer, si les parece a ustedes bien, es crear un centro de salud con enfermería, básicamente para vacunar, hacer nutrición e higiene, curar úlceras, atender los casos de tracoma, que causaba unas cegueras tremendas... Un centro que solo necesite una línea de luz, una de teléfono y poco más". Les pareció muy bien. Además, determinamos que en este caso se haría a través de una ONG para evitar la implicación directa de funcionarios españoles. 

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A la vuelta de ese viaje fue cuando me vino a ver Pilar Estébanez, que estaba formando Médicos del Mundo, así que le dije que presentara un proyecto. Hacer un concurso público era absurdo, hasta el interventor del Estado lo vio razonable, porque en ese momento no hubiera habido ninguna otra organización que estuviera dispuesta. Ella se atrevió y el proyecto arrancó. Por lo que sé, estuvo funcionando diez años y luego revertió al gobierno mauritano.

Su padre era viajante de comercio, así que la vocación por la medicina no le vino de familia. ¿Cómo se dio cuenta de que quería dedicarse a esta profesión?   

Me di cuenta porque en Bachillerato me gustaban las ciencias y las letras, y como no quería escoger entre una cosa y otra, me parecía que la profesión que podía conectar mejor los dos intereses era esta. Aunque mi generación ya transitó a una medicina más multiparamétrica, más tecnificada, yo todavía fui formado por discípulos de la escuela de Marañón, de Jiménez Díaz, de Fernández Cruz. Mi formación todavía enlaza con eso. 

En esa medicina de la que habla, cada vez más tecnificada y superespecializada, ¿todavía queda algún espacio para el humanismo, para esa figura tradicional del médico humanista, en su sentido más amplio, en la que convergen las líneas de las ciencias y de las artes? 

Claro que queda espacio. Yo conozco a muchísimos profesionales, incluso jefes de servicio, que no ven contradicción ninguna entre una cosa y otra y lo practican. Más aún, diría que ese enfoque es ahora más necesario si cabe.

Alguna vez ha comentado que lee de todo, dependiendo del momento en que se encuentre, y si le pregunto por sus preferencias literarias quizá me hable de algún clásico, pero no sé si recuerda alguna lectura infantil que le marcara especialmente.

Las novelas de aventuras. La flecha negra y La isla del tesoro, de Stevenson. Stevenson era el gran contador de historias de su generación, un maestro inolvidable. En el fondo, la vida es una aventura, quizá no en el sentido de Stevenson, o no solo. Pero aventura, al fin y al cabo. 

Para usted sigue siéndolo…

Para mí la vida siempre tiene un punto de aventura. Personal, intelectual, afectiva, colectiva. Sí.

Ahora se ha metido en otra, que es defender los derechos de las personas mayores desde HelpAge España, una organización de la que forma parte como miembro del patronato... 

Me parece una obligación moral. Aparte de un interés personal, porque yo ya soy también mayor. Existe mucho edadismo en la sociedad moderna, mucha discriminación explícita y también implícita, que no se explicita. Acabo de estar en el Senado, donde se ha aprobado una declaración que han apoyado todos los grupos parlamentarios, menos el Grupo Mixto por la presión de VOX. Nuestro gran objetivo es que se cree una Convención sobre los Derechos de las Personas Mayores en Naciones Unidas, algo que también defiende el secretario general, António Guterres. Por desgracia, hasta ahora la mayoría de los países de la Unión Europea ven con recelo esta iniciativa, no tanto por el contenido, sino porque son remisos a crear más convenciones internacionales; piensan que hay demasiadas y que puede generar algunas disfuncionalidades con la legislación europea y la de los Estados miembros. Sin embargo, a la larga se acabará aprobando. En los dos o tres últimos años ha ganado bastantes apoyos; aún queda trabajo por hacer, pero creo que saldrá adelante. 

¿Le llegan las 24 horas del día para ocuparse de todas las aventuras en las que se embarca? 

Por ahora sí. El día que no pueda bajaré el pistón. Pero me he cuidado y me cuido. Siempre he hecho mucho ejercicio y he cuidado la alimentación. La curiosidad, la motivación y una vida sentimental muy rica me ayudan a tener energía extra.

 

 

 



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