El Centro de Atención Especializada (CAE) que los misioneros salesianos tienen en Medellín atiende en la actualidad a 48 menores, chicos y chicas, desvinculados de las guerrillas, las FARC y el ELN. Son adolescentes de entre 14 y 18 años que han pasado la mayoría de su vida en la selva, al servicio de los jefes de la guerrilla y con diferentes rangos militares.
Provenientes de la zonas rurales, en la mayoría de los casos fueron literalmente arrebatados a sus familias de muy niños a cambio de no matar a los padres y hermanos, así que son demasiados los que apenas saben leer y escribir, porque casi nunca han ido a la escuela. Hay menores indígenas que ni saben hablar castellano cuando llegan… Sin embargo, nada de eso mitiga para lo que fueron entrenados: para matar, para sacar información, para ser indolentes antes el sufrimiento de los demás, para infligir dolor… y para mostrarse leales a los adultos, sin ser conscientes de la explotación a la que estaban siendo sometidos.
El CAE tiene capacidad para 75 personas y debería estar completo, pero las negociaciones de paz, la experiencia de los salesianos y el completo equipo de psicólogos, médicos, educadores sociales… que trabaja con los chicos aconsejan que haya plazas libres, porque en cualquier momento puede llegar un grupo con gran secretismo que ni el Gobierno ni la guerrilla reconocerán que existe.
De hecho, son meses de compromiso público de no reclutar a menores de 18 años y de no utilizarlos en el frente, pero siguen existiendo como informadores, espías, porteadores, cocineros y, por supuesto, como esclavos sexuales.
Cuando entran al CAE, intentan mantener sus estatus de la guerrilla: los chicos, como líderes duros y violentos, y las chicas, como objetos sexuales que cambian de chico según sus intereses. Hasta hace unos años, el centro sólo acogía a chicos, por la problemática de abortos y embarazos que arrastran las chicas que llegan, pero desde que ambos grupos conviven en el centro no ha habido problemas y el proceso de socialización se acelera por la convivencia.
Fredy, mi amigo chofer, me contaba que cuando los llevaba en el bus, sobre todo al principio, no podían olvidarse de dónde venían, «y cuando veían un policía lo insultaban y querían bajarse para golpearlo, como poco».
Su capacidad de resistencia y sufrimiento está fuera de toda duda. Son audaces, tenaces y constantes y, según los educadores, «logran grandes progresos en muy poco tiempo, porque son conscientes de su situación y muchos quieren salir de ella al saber que ellos, y en muchos casos los que tienen familia, viven amenazados por el grupo del que huyeron si los encuentra».
Sólo una vez, relatan los encargados del centro, «tuvimos una situación complicada cuando no pudimos detectar a un infiltrado de la guerrilla que sólo quería saber qué hacían los chicos que habían huido de otros comandos».
«Llegó al centro y dijo que se llamaba Alexis García. Antes, los niños podían llegar incluso con su arma de la mano para entregarse. Otras veces eran los militares quienes los capturaban o herían en una operación en la selva contra la guerrilla. Ahora ya es el Gobierno el que nos los entrega, aunque también nosotros realizamos nuestros exámenes de todo tipo para saber si necesitan tratamiento psiquiátrico y deben ir a otro lugar«, relata James Areiza, el coordinador de todos los programas salesianos.
En aquella ocasión, el chico llegó sin papeles y contando una historia tremebunda, pero bien aprendida… Su nombre hizo sospechar, ya que Alexis García, aunque nombre bastante común, era un jugador de fútbol…
Pasados los meses, el sapo, nombre que se utiliza en Colombia para los chivatos, se derrumbó y confesó el motivo haber llegado al centro: «Conocer qué hacían y qué pensaban quienes eran mis compañeros de guerrilla, aunque no los conociera y, en caso de ser necesario, matarlos».
Sin embargo, su confesión obedecía a otro motivo: «Le había gustado lo que hacíamos allí, cómo los tratábamos, lo que aprendía, la dignidad y el respeto que no había conocido antes y, sobre todo, tener otro tipo de futuro al margen de las armas«, reconoce Areiza.
Dijo que tenía que marcharse, porque si no lo matarían a él también, y que se inventaría lo que tenía que decir a los comandantes, pero que lo esperaran pronto, porque volvería a seguir aprendiendo en el CAE, junto a los que ya habían pasado de ser víctimas de su espionaje a amigos…
Nunca más volvió. Murió, como tantos otros, invisibles, en una operación en una zona rural… Y por eso merece la pena luchar por cada chico de los miles que aún siguen movilizados en el frente y que no tienen infancia ni futuro.









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