Se acerca el final de año y reconozco que me encuentro muy ajena a lo que ocurre en el mundo y en mi propio país. Desde hace mes y medio, creo, he reducido mi ‘ingesta’ de noticias. No es que ignore todo lo que ocurre, no, mantengo un leve contacto, pero conscientemente decidí que ya le había dedicado demasiado tiempo a demasiado material de corto alcance y recorrido.

Recuerdo el día reciente en el que cayó la gota que colma el vaso. Sin tener idea clara de las noticias que entonces escuché, aún permanece en mí la sensación de incredulidad, pérdida de tiempo y de estar siendo manipulada.
Era un día en el que algo relevante a nivel europeo o internacional estaba sucediendo (relevante en cuanto a su impacto de forma muy directa y real en nuestras vidas) y, sin embargo, la mayor parte de la cobertura mediática se centraba en el desarrollo de los acontecimientos en Cataluña y las pugnas por el poder dentro de los partidos políticos. Mi pensamiento decía: “Definitivamente, estamos locos, hemos perdido el Norte. ¿Cómo es posible que nuestra atención se dedique a tal nimiedad?”.
No me malinterpreten, sin duda es necesario que solucionemos el tema de cómo convivimos todos los españoles dentro de nuestro territorio y me parece excelente que haya “conversación en los partidos”, aunque no veo necesario que tengamos que conocerla (de manera peculiar, por ello el entrecomillado) incluyendo todas las opiniones que se vierten al respecto.
Entiendo que esto ha sido así probablemente siempre y que hasta quizá deba serlo. Soy consciente de que es muchísimo más fácil prestar atención a lo que tenemos aquí al lado y cercano. Comprendo que sea lo próximo lo que se convierte en relevante… Al fin y al cabo, para la mayoría de nosotros, entre los que me incluyo, nuestras familias y a quienes queremos son los que cuentan en primera instancia, en los que ponemos el foco de atención.
A pesar de obrar igual que la mayoría, por lo general, ese día tenía gran claridad en lo absurdo del reparto de la cobertura mediática y las consecuencias perversas que del mismo pueden derivarse. Extrapolen este reparto peculiar a múltiples áreas… para poner los pelos de punta, en mi opinión o una vía para entender “por qué continuamos incrédulos ante eventos como el Brexit o que el 20 de enero el presidente del país más poderoso del mundo será Donald Trump, o que los desastres en distintas partes del mundo continúen con la comunidad internacional en sordina… Más todo lo que todavía nos queda por ver”.
No creo que estemos lejos del pan y circo de la época romana. Mantener nuestra atención colectiva centrada en lo que para mí llamo pequeñas cosas (son cual gota de agua en el océano, en tiempo, alcance e impacto) asegura que no le dediquemos tiempo alguno, entre otras cosas, a hacernos preguntas, a atar cabos, a entender por qué las cosas funcionan –o no, o a medias–, cómo lo hacen y a cuestionar, así como a cuestionarnos.
Tampoco hay tiempo para conocer aquello que nos resulta lejano, pero que desafortunadamente está mucho más cerca de lo que podamos imaginar y con capacidad potencial de tener gran impacto sobre nosotros, mucho más de lo que nos gustaría saber, si fuéramos conscientes de ello (España y Europa están separadas del continente africano por 14 kilómetros).
En nuestra rueda del pan y circo cerramos ojos, oídos y todo aquello que nos permite percibir, justo en el momento histórico en el que honraríamos infinitamente más a nuestra parte sapiens si sintonizáramos nuestros más de seis sentidos bien despiertos, con lo que ocurre a nuestro alrededor.
Hay varias corrientes que intentan hacernos prestar atención a algo más grande, que nos dicen una y otra vez que el futuro próximo y lejano que vamos a vivir lo estamos construyendo hoy, con nuestras acciones, pensamientos y narrativas (las historias que contamos y que nos contamos). Corrientes que piden que nos paremos para intentar crear futuros en los que todos podamos sobrevivir, que nos paremos para prestar más atención al “gran cuadro con todas sus interdependencias e interrelaciones complejas” y mucha menos atención a la anécdota (en la que parece nos pasamos el día).
Estar preparados para navegar en lo que va a venir dependerá de nuestra capacidad de atención, resiliencia y respuesta. Lo cierto es que sería ideal adquirir la capacidad de ir un paso más allá y, quizá, ser capaces de navegar también en un futuro que conscientemente y colectivamente sí hayamos querido crear.
Que 2017 sea un año de sintonización de todos nuestros sentidos para que, elaborando en lo que dice Allan Wallace “en el momento, aquello a lo que prestamos atención, es la realidad”, seamos capaces de entender mucho más de la realidad que nos rodea, porque hayamos comenzado a prestarle atención de forma más amplia, y no sólo a las pequeñas porciones que nos sirven en bandeja.
¡Feliz 2017!
*Catalizando el desarrollo integral de personas y organizaciones








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