Crecí con las sabias palabras de mi tía abuela «dos no riñen si uno no quiere», que mi madre me ofrecía una y otra vez cuando yo amagaba enfado fútil (imagino que en la mayor parte de las ocasiones).

Recientemente conocimos la sentencia del Caso Palau, considerada injusta por quienes deberán ingresar en prisión y con la que están encantados aquellos acusados cuyos delitos han prescrito (¿para cuándo una reforma?) y disfrutarán así de la ausencia de condena.
Los primeros, los condenados, se dedicaron a pedir y guardar los dineros de los segundos, representantes de compañías respetables y reconocidas que obtenían una serie de favores a cambio. Intercambio de cromos como en el cole, con fondos pertenecientes a la ciudadanía catalana, sin que ésta tuviera conocimiento ni pudiera tomar parte en un proceso opaco y secreto, pero no invisible ni desconocido.
Escucho las reacciones y recuerdo la frase. Me permito sustituir ‘reñir’ por ‘robar’. Es difícil realizar este tipo de intercambios (eufemísticamente llamados ‘negocios’ para revestirlos de cualidades de las que sin duda carecen) que involucran al menos a dos partes si una de las dos partes no quiere participar. Quizá por eso no entiendo que hayan prescrito los delitos para una de ellas y no para la otra. Desde mi ignorancia jurídica, intuyo que los delitos de ambos son diferentes y, por ello, el resultado.
Creo que es también difícil robar de manera tan impune sin que nadie se percate de lo que está ocurriendo. Creo que hubo aquellos que, siendo testigos, decidieron, además de mirar hacia otro lado, involucrarse en la ardua tarea de convencerse a sí mismos de que ‘todo estaba bien’. La denomino ardua porque a mí me requeriría sin duda un enorme esfuerzo de imaginación, de olvido y de gestión de culpa, como poco. Y como a mí, creo que a muchos de los que compartimos el sistema de valores sobre el que se sustentan los derechos y obligaciones que hemos decidido compartir.
Convendrán conmigo en que para llevar este engaño hasta sus últimas consecuencias se requiere tener un sistema de valores diferente al que hemos decidido compartir la gran mayoría de ciudadanos del país. Además, se necesita también creer que hay dos o varios tipos de población diferentes que, en virtud de su condición (determinada por no se sabe muy bien quién ni cómo), están sujetas a obligaciones y derechos distintos. O lo que mi madre siempre ha denominado, “la parte ancha del embudo para unos y la estrecha para los demás”.
Desde pequeña –no saben cuánto lo agradezco- me educaron en los valores de respetar la propiedad privada y de intentar conseguir las cosas a través del esfuerzo personal. También recibí nociones de lo que está ‘bien’ y lo que no lo está. De lo que es justo y lo que no. No eran absolutas, y tampoco ciertas, eran las correspondientes a mi cultura, mi entorno, mi educación y, sin lugar a dudas, mi familia. Sin considerarme la persona más justa del mundo ni la más ética, creo que mi estándar es alto y procede, en grandísima parte, de lo que aprendí durante mi niñez.
A lo largo de estos años en los que no dejo de ver aflorar los múltiples casos de corrupción que asolan la vida política y económica de mi país, una y otra vez me pregunto: ¿sólo yo recibí esta formación?, ¿mis compañeros de Primaria, Secundaria y Universidad recibieron una formación tan diferente a la mía? No lo creo. ¿Dónde y cómo se educaron los protagonistas de todas estas historias?, ¿en qué momento comenzaron la dejación de funciones y la negligencia de Estado y sociedad respecto a educar, incluyendo las diferencias, para el bienestar de todos? ¿Cuándo comenzó a celebrarse y encumbrarse el ‘ser el más pillo del lugar’? (muchos dicen que con ‘El Lazarillo de Tormes’)… ¿Y cuándo aprendimos a ignorar casi todo lo que pasa a nuestro alrededor y a concentrarnos únicamente en nosotros y, con algo de suerte, en nuestros allegados?
Si hay algo que sé hoy es que mi bienestar (nuestro bienestar), aunque no pueda establecer la relación causal a simple vista, depende del bienestar de los que me rodean (también de los que están a miles de kilómetros de distancia y tienen una cultura muy diferente) y de lo que me rodea (los bosques, los ríos, los desiertos, el aire, los pájaros, las montañas, las huertas, los hongos, el mar…). Y que encontrar un nuevo equilibrio será, simplemente, cuestión de tiempo.
*Catalizando el desarrollo integral de personas y organizaciones








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