El nacimiento de los sindicatos corporativos en sanidad, como contrapunto a los sindicatos de clase a finales de los años 70 y principios de los 80 del siglo XX, fue apoyado por los colegios profesionales, que aprovecharon el sentimiento de pertenencia a una profesión para crear un brazo sindical que les permitiera exigir sus reivindicaciones exclusivas ante la Administración.
A la larga, ha sido un fracaso total que ha terminado con unas condiciones precarias para los profesionales y con unos salarios muy poco acordes con las responsabilidades y la formación.
Al comienzo del la democracia, con la legalización de CCOO y UGT, se establece un importante poder sindical en el sector de la sanidad acaparado por estos dos sindicatos. El enorme éxito que van obteniendo en el sector aéreo sindicatos gremiales como los de pilotos, tripulantes de cabina de pasajeros y controladores –que con huelgas (o amenazas) logran todo lo que se proponen– empuja a la profesión médica a organizarse en torno a un sindicato médico para tener una capacidad de presión importante ante la Administración sanitaria. Emulando a estos, los entonces ATS crean el suyo propio con la bendición de su colegio profesional, y muchos años después serán las auxiliares de enfermería, los técnicos, los administrativos o los celadores quienes creen sus propias organizaciones sindicales de gremio, estas menos potentes.
Los más importantes, CESM y SATSE, crean sus imponentes estructuras sindicales, con organización vertical y de rápida implantación entre sus profesionales, jugando bien esa baza del «sentimiento de pertenecer a una profesión». Al mismo tiempo que pertenecían a un colegio profesional, la mayoría se sindicaban en «su sindicato profesional». Un doble sentimiento de pertenencia y de diferenciación con el resto de trabajadores de la sanidad fue lo que se llamó «el sindicalismo de los privilegiados» o «la aristocracia obrera».
Esta fragmentación de fuerzas fue el mayor triunfo de la Administración, que luego heredaron las comunidades autónomas con las transferencias sanitarias. Con pequeñas concesiones, con privilegios, muchos liberados y subvenciones, las Administraciones autonómicas sabían muy bien cómo manejarlos según sus intereses; de hecho, jamás ha habido una huelga de impacto en sanidad.
Estos sindicatos corporativos, ya descafeinados, aunque con una implantación importante dentro de sus profesiones por la tradición y el sentimiento de pertenencia, mantienen a estos profesionales anestesiados y paralizados. Juegan, algunos, a políticos para mantener la paz social según el gobierno que les interese, y han logrado que los médicos tengan salarios de encargado de Mercadona y la enfermería, de cajeras, a pesar de su formación y responsabilidades.
¿Qué profesionales con una responsabilidad similar a un médico/a trabaja 24 horas continuadas? Ninguno. Pero con las guardias les engañaron para tener un salario mayor que el del encargado de supermercado. Tenemos médicos a precio de saldo, por lo que, si pueden, se van fuera cuando terminan la formación especializada o trabajan a la vez en la sanidad privada.
Enfermería, aún peor. Son grado universitario con especialidades. ¿Por qué otros grados, como psicólogos, informáticos, físicos, etc., que trabajan en un hospital tienen un reconocimiento mayor en su salario? La enfermería es un grado de segunda, con el salario de cajera de Mercadona. Estos son algunos de los logros de la fragmentación sindical corporativa. El resto de categorías igual. ¿Qué han logrado? Nada. Excepto que sus liberados estén bien.
Es el momento de abrir los ojos, de repensar las relaciones laborales en la Administración al margen de sindicatos con otros intereses distintos a los de los que trabajan a pie de trinchera. Organizarse de forma libre, independiente y abierta es otra alternativa a lo de siempre. Sin liberados sindicales y sin cuotas de afiliación. Esto es lo que es la Coordinadora de Trabajadores de la Sanidad de Salamanca. Unidos, siempre seremos más fuertes.








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