
Luego de los saludos de rigor, Ana le pregunta, visiblemente entusiasmada: “Es bonito, ¿verdad?”. Concha siente servida en bandeja la posibilidad de desquitarse: “Sí, aunque creo que lo has pagado más caro de lo que vale”. Un oscuro comentario que deja a Ana con una sensación confusa y desagradable en su interior.
Este ejemplo común, sacado de la vida diaria, sirve para describir gráficamente la envidia. Una emoción que yace oculta detrás de muchas reacciones, contestaciones y, en fin, de muchas conductas humanas.
La envidia no es directamente proporcional al valor absoluto del bien envidiado. Se concentra a menudo en insignificancias que pueden ser hasta ridículas. Es decir, la desigualdad avasallante, sobre todo cuando ésta significa algo realmente inalcanzable, incita menos a la envidia que la desigualdad mínima, en la cual el envidioso puede decirse: “Yo también casi podría haber logrado lo mismo”. Es que la mejor manera de protegerse de la envidia del vecino no consiste en cambiar el coche por un último modelo, sino en comprarse, por ejemplo, un Rolls Royce.
Una explicación del motivo por el cual la envidia se dirige mucho más a diferencias pequeñas que a las realmente grandes puede encontrarse en las vivencias de los celos entre hermanos. Las fuerzas de agresión, ya filogenéticamente precreadas en el organismo, se modulan de manera muy pronunciada en el grupo social familiar y, teniendo en cuenta la singularmente larga niñez del hombre en relación con otros seres vivos, es en este grupo donde se experimentan las primeras experiencias dolorosas de la envidia. Dentro de una familia, el bien envidiado es normalmente similar, a veces casi idéntico, y sólo en la imaginación del niño parece más hermoso, más grande, más caro o mejor que el bien propio.
En sí, las emociones no son buenas o malas, sino útiles o inútiles o, más precisamente, adecuadas (adaptativas) o inadecuadas (desadaptativas), independientemente que éstas sean agradables o desagradables. Una emoción será adecuada en la medida que responda al estímulo que la origina y no permanezca en el tiempo más de lo necesario. Es útil, por ejemplo, llorar y estar triste por la pérdida de un ser querido, ya que, aunque desagradable, la tristeza sentida sirve para ir elaborando la situación y lograr que el dolor no tenga la misma intensidad dentro de un año.
Las emociones forman parte intrínseca del ser humano. Es imposible que una persona no sienta, salvo el caso de lesiones cerebrales, ya que posee una zona de su cerebro destinada a tal fin. Y si bien la posibilidad de sentir emociones es innata el ser humano, aprenderá cómo, cuándo y dónde manifestarlas. Frente a estímulos o situaciones similares a aquellas que generaron el sentimiento primario, salen nuevamente a la luz vivencias de celos y de envidia aprendidas en la niñez que no son adecuadas al estímulo que las origina, sino una situación repetitiva y artificial que generalmente perdura en el tiempo y no se agota en sí misma como una emoción adecuada. En el ejemplo inicial, la emoción inadecuada ha hecho su aparición sin poder ser detectada por Ana y aceptada por Concha. Y en lugar de un mutuo intercambio de afecto, la primera queda confusa y molesta y la segunda, con una sensación de falso triunfo negativo también, al no obtener algo bueno de su comentario.
Creo que los padres tendríamos que pensar cuán distintas serían las relaciones entre las personas si pudiéramos enseñar a nuestros niños que la envidia existe, que es una emoción que tenemos que aprender a reconocer, a no reprimir dentro nuestro y a aceptarla como algo normal en la vida. Si Concha le dijera a Ana: “¡Qué lindo vestido tienes! Ya me hubiera gustado tener uno así”, las dos amigas se relacionarían de forma espontánea a través de emociones adecuadas, enriquecerían su vínculo amistoso y, por medio de éste, a sí mismas, fortaleciendo sus propias vidas.
* Laura Patricia Gómez Bobassi es doctora en Psicología Clínica y miembro de Saluspot








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