Regresé de vacaciones la última semana de agosto. Mientras desayunaba, en la radio hablaban del éxodo masivo que se está produciendo hacia el interior de Europa. Hablaban, no simplemente realizando una detallada mención de los acontecimientos, sino haciéndonos partícipes de historias que penetraban, de modo que era imposible (al menos en mi experiencia) no sentirlas.

Estos relatos no sólo me hicieron sentir, sino que también me empujaron a la reflexión según proseguía con el día, colándose en múltiples pensamientos. Estaban tan bien hilados que no dejaban espacio para no hacerlo y tampoco para permanecer en una reflexión superficial.
A continuación, volví a oír hablar del impacto de la caída de la bolsa de Shanghai, más política interna, elecciones catalanas, algo más de corrupción, dimes y diretes… sin prestarles demasiada atención (aunque quizá hubiera debido hacerlo). Lo cierto es que me sonaban repetidos, agotados y, a la sombra de los relatos de las existencias de muchos en múltiples puntos del globo, absurdos.
Según continuaba con mis tareas, me percaté, no obstante, de un pensamiento fugaz que atravesó mi mente. Me sorprendí pensando: “Seguro que alguno hubiera agradecido que no le estropearan el día con este estilo de noticia”. Sin duda, perteneciéndome dicho pensamiento a mí, no me parecía descabellado que a muchos les hubiera perturbado su tranquilidad y hubieran deseado que no hubiera ocurrido.
En ese momento, agradecí que alguien hubiera decidido hacernos llegar historias reales, que movían por dentro y le enfrentaban a uno directamente con sus valores, sus creencias, aquello que estaba dispuesto a preservar. Lo agradecí también porque, en el día a día, creo que no estamos muy acostumbrados a relativizar, y acabamos convirtiendo, sin darnos cuenta, nimiedades y tonterías en verdaderos problemas, enfrentados los unos con los otros, no se sabe muy bien por qué, dando importancia a cosas de muy poca relevancia y menos recorrido…
Sobre todo, lo agradecí por el paralelismo siguiente que construí en mi pensamiento: ¿Y si cada vez que nos encontráramos en una situación conflictiva (ese día en los medios se hablaba ampliamente de las cuotas y de los procesos a establecer para detener o reducir la entrada de refugiados en la vieja Europa, de los enfrentamientos y miradas para otro lado de los gobiernos de la Unión, de las dificultades que estaban teniendo en los centros de atención a refugiados, completamente desbordados, en los países frontera y de la ausencia notoria de organizaciones internacionales) fuéramos capaces de ir un poquito más allá e introducir en nuestra reflexión la posibilidad de sentir las historias de otros (en este caso, familias -como las nuestras- viajando a pie miles de kilómetros con bebés, niños pequeños y ancianos, simplemente para poder vivir, recepciones hostiles o rechazo, cuando no ataques directos, hambre durante el camino, impasividad de casi todos, “aquí no podemos hacer nada por ustedes”…)? ¿Y si fuéramos capaces, en esos momentos, de enchufarnos emocionalmente con los demás y sus circunstancias e interpretaciones, como dice Mariela Michelena en Un año para toda la vida?
¿Creen que cambiaría en algo nuestra actitud? ¿Entenderíamos mejor la situación y, así, permitiríamos diseñar un repertorio al menos más amplio de respuestas?
Estoy convencida de que así sería.
Feliz semana.
*Catalizando el desarrollo integral de personas y organizaciones








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