De entre las muchas felicitaciones y buenos deseos de Año Nuevo, unas palabras permanecen en mi memoria. Concretamente, las de un colega que, en el intercambio de buenos deseos entre los colaboradores, nos recordaba la necesidad de ser generosos este año en el que nuestro equipo tiene por delante grandes proyectos y, por tanto, grandes retos que requerirán de la generosidad de todos.

Juan Carlos, con quien es muy agradable filosofar y hablar de lo que este mundo y sus organizaciones podrían ser, es a quien en varias ocasiones he oído decir (y quizá haya compartido ya con ustedes) que “las cosas cambiarán de verdad cuando tu hijo a mí me importe tanto como el mío y a ti el mío, tanto como el tuyo propio”. Creo que tiene razón… y también que nos quedan años luz para alcanzarlo, al menos a mí, mal que me pese, pues bien sé que conseguir que el Titanic en que nos encontramos vire antes de chocar contra el iceberg depende, en gran parte, posiblemente, de que así sintamos.
Por eso la necesidad de generosidad a la que apela Juan Carlos en todos los proyectos profesionales, en este caso, que acometeremos juntos, grandes y pequeños, cortos y largos, profundos o más superficiales. Tanto da cómo sea el proyecto. Lo importante y lo verdaderamente difícil para algunos de nosotros será poner ese espíritu generoso.
Y hablo de mí, porque, a diferencia de otros –especialmente mis padres– lo de la generosidad lo llevo más estilo ley del Talión en positivo (favor por favor, atención por atención, dedicación por dedicación, ayuda por ayuda…) y mi generosidad es más aprendida que cualidad natural propia. No lo digo por un tema de falsa humildad, sino por haber constatado cómo suelo decidir qué hago, cuál es el pensamiento que aparece primero. ¿Viene a mi mente en primera instancia “lo que más llama a mi personita”, “lo que más le conviene” o la opción que beneficie al conjunto, o al otro, si se tercia?
En la mayoría de las ocasiones, el primer pensamiento, por fugaz que sea, es una valoración rapidísima sobre qué me beneficia a mí. Afortunadamente también, con increíble rapidez he observado cómo mi mente pasa enseguida a contemplar y sopesar esta segunda acción. También cómo, con frecuencia (no siempre) acabo eligiendo una de las opciones que no me llaman tanto y que son, probablemente, más generosas (a priori, con los demás y, al final del camino, también conmigo, pues creo firmemente que aquello que damos es, en última instancia, lo que acabamos recibiendo).
Haber adquirido esta capacidad, aunque no la tenga en primera instancia, he de agradecérselo al ejemplo, en este caso sí natural, que he visto siempre en mis padres. Aunque mejor natural, menos da una piedra. Para el conjunto, no es del todo malo.
Desconozco qué porcentaje hay de generosos naturales en el mundo, pero para los que no lo somos, la buena noticia es que la generosidad se aprende y, si uno quiere, también se cultiva. Y es buena noticia porque, al final, todo vuelve. Bajo esa premisa, mejor lo generoso que lo mezquino y egoísta. Si creen que pudiera resultares interesante, hagan la prueba, en cualquier situación (con sus colegas, los que trabajan para usted, con sus superiores, con quienes les atienden o hacia aquellos a los que se dirigen)… Párense a observar el primer pensamiento, la primera reacción o acción… y luego todo lo que siga.
Descubran su patrón de comportamiento. Quizá esos pocos segundos que nos brinda la observación sean suficientes para que aparezcan más opciones con distintos grados de generosidad en nuestros intercambios, en cómo nos relacionamos los unos con los otros. Y quizá si todos cultivamos la posibilidad de que surjan opciones más generosas consigamos una sociedad en la que todos nos encontremos mucho mejor.
Que podamos crear entre todos un año generoso.
*Catalizando el desarrollo integral de personas y organizaciones








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