Hemos normalizado tanto las continuas cifras de muertes, que apenas nos impresionan. Las asumimos como números dentro de una estadística que diariamente forma parte de la curva que intentamos sea plana en su valor cero. 70.000 muertes en un año, que no debían haberse producido si este coronavirus no hubiera existido, son una barbaridad. Tenemos que pasar el duelo social sin desensibilizarnos ante tantas muertes.

El 20 de agosto de 2008, a las 14:24, el vuelo 5022 de Spanair entre Madrid y Gran Canaria efectuaba el despegue desde la pista 36L del aeropuerto de Madrid-Barajas. El avión, un McDonell Douglas MD-82, sufría un accidente justo después de la maniobra de despegue, ocasionando 154 muertos entre tripulación y pasaje. Es el último de los terribles accidentes aéreos que se recuerdan en nuestro país, cuya noticia abrió todos los telediarios, helándonos la sangre por la gran conmoción que ocasionó a los ciudadanos.
Trece años después de esa terrible fecha, cada día se estrella un avión con 190 pasajeros, ocasionando la muerte de todos ellos. Cada día por el maldito virus.
Pero mientras ese 20 de agosto con el accidente del avión de Spanair o con el más terrible de los atentados perpetrado en Madrid el 11M se nos cortaba la respiración, estas muertes diarias por la covid-19 apenas nos llaman la atención. Como un ruido de fondo en las noticias, forman parte de nuestra rutina diaria y apenas nos afectan, excepto si alguna persona cercana es uno de ellos.
Esta desensibilización sistemática a la muerte la vivimos con la guerra de Vietnam, la primera guerra televisada y con una amplia cobertura fotográfica. Diariamente, las noticias hablaban de los muertos en la guerra de Vietnam, en Camboya y Laos. Recuerdo las impresionantes imágenes de muerte y tragedia humana, hasta que, por su larga duración, terminó por convertirse en algo habitual, cotidiano, que ya no producía ningún estupor.
La frialdad de las cifras nos aleja del drama humano de cada una de las personas y sus familias que han perdido la vida, muchas de ellas en soledad o con un sanitario dándoles la mano en su último aliento. Quienes han estado cerca de estas 70.000 personas que se fueron, diariamente, viviendo el drama de la muerte un día sí y otro también, han llevado una carga emocional enorme añadida a su trabajo. El duelo de las familias, de los profesionales que afrontan estas despedidas, se realiza en un marco muy débil para afrontarlo: las familias, por las restricciones que les impiden acudir a los funerales y estar rodeados de sus seres queridos; los sanitarios, porque no tienen tiempo de asumir esos momentos, ya que otros pacientes necesitan su ayuda, no hay tiempo para un duelo sosegado.
Mientras con otras tragedias la sociedad manifiesta colectivamente el dolor, encara el duelo social solidariamente –recordemos las manifestaciones de rechazo por el 11M o por el asesinato del concejal de Ermua, Miguel Angel Blanco–, en este episodio de pandemia el dolor, la ira por las muertes está siendo utilizada para otros fines distintos al de elaborar un duelo social, colectivo y solidario.
Como sociedad, nos ha tocado vivir una enorme tragedia por esta pandemia cuyo único culpable es un coronavirus que ha producido un enorme número de muertos que nadie deseaba; también como sociedad, tenemos que realizar un duelo por estas pérdidas de forma solidaria que nos ayude a madurar y ser mejores. A nuestros representantes les tocará analizar en qué se han equivocado para mejorar y tomar las decisiones más correctas para el bien común, para que en nuevas pandemias podamos actuar adecuadamente, sin cometer los mismos errores.








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