Estando presentes en el aquí y en el ahora, podemos darnos cuenta de cuáles son los mensajes que nos decimos a nosotros/as mismos/as y que nos están limitando o infravalorando. La autocompasión en estos procesos es vital.
¿Qué es mindfulness?
La palabra inglesa mindfulness se traduce al español como “atención plena” o “conciencia plena”. Una de las definiciones más conocidas es la de Jon Kabat-Zinn, quien afirma que mindfulness “significa prestar atención de una manera especial: intencionadamente, en el momento presente y sin juzgar”.
Cuando se hace referencia a mindfulness en un contexto terapéutico, su significado puede concentrarse en tres elementos: 1) conciencia, 2) de la experiencia presente, 3) con aceptación (Germer, 2005). Nuestro nivel de autoestima tiene mucho que ver con la aceptación de nosotros/as mismos/as.
La práctica de la meditación formal, es decir, aquella práctica para la que reservamos un momento del día, en un lugar concreto y en inmovilidad, o la práctica de la meditación informal, que sería el mindfulness, pretende calmar la mente para ver con claridad.
¿Cómo se define y se entiende la autoestima?
Se ha comprobado que muchas de las definiciones que se dan sobre la autoestima hacen alusión a una autoestima insana, y que en muchos de los programas que se han empleado para mejorar el nivel de la misma no se han obtenido los resultados esperados.
Se podría definir la autoestima como una valoración del propio mérito, la creencia de que somos personas buenas y valiosas. Esta valoración se puede hacer en base a aceptarnos como seres únicos, con nuestras cualidades y limitaciones, o bien según nuestra eficiencia y logros. Por lo tanto, esto nos llevaría a centrarnos en mayor medida en aquello que hacemos bien y en menor medida en aquello para lo que no estamos tan capacitados. De igual manera valoraríamos el grado de autoestima en función de los logros obtenidos. Son raseros un tanto peligrosos, porque… ¿somos lo que logramos?
Se ha comprobado también que la autoestima depende de la percepción que tenemos de cómo nos ven los demás, es decir, que nos valoramos según lo que creemos que piensan los demás de nosotros. Y esto puede llevar fácilmente al autoengaño.
Otro ejemplo de autoestima cuestionable es la autoestima que depende del éxito o el fracaso, de la aprobación o la desaprobación de aquellos a los que damos autoridad. Las personas evalúan sus resultados en los temas que consideran importantes (atractivo personal, éxito en las actividades escolares o laborales, la aprobación de los compañeros, el apoyo familiar, etc.), siendo esas las fuentes de su potencial autoestima. El peligro de juzgarse por el rendimiento es que se dejan de apreciar las experiencias vitales por sí mismas; se buscarían resultados, en lugar del gozo de la propia vivencia, lo cual menoscaba el bienestar.
Si confundimos nuestros pensamientos y autovaloraciones con lo que realmente somos, nuestro nivel de autoestima será inestable y fácilmente influenciable. El concepto que tenemos de nosotros mismos no es nuestro yo real, no es nuestra esencia. Al aferrarnos a nuestras etiquetas y autovaloraciones simplistas de nosotros mismos, nos alejamos de la riqueza y complejidad de la vivencia humana, con su alegría y dolor, ganancias y pérdidas, luces y sombras.
La clave es la autocompasión
En lugar de valorarnos por nuestros logros con juicios hechos desde la mente, podemos aceptarnos desde el corazón simplemente por ser humanos. Tomando conciencia del momento presente con el ejercicio de mindfulness, nos damos cuenta de que todo cambia, de que los éxitos y fracasos vienen y van, de que no determinan nuestro valor, de que son solo una parte del proceso de vivir.
Los componentes de la autocompasión serían tres, fundamentalmente. En primer lugar, requiere atención plena, vivir nuestra experiencia conscientemente sin ignorar el dolor. En segundo lugar, es necesario que reconozcamos nuestra humanidad común, sentirnos conectados con los demás en lugar de aislados y alienados por el sufrimiento. En tercer lugar, requiere bondad hacia uno mismo, ser amable y comprensivo con uno mismo, en lugar de autocrítico.
Si bien la autocompasión implica aceptarnos y querernos en el dolor y la dificultad, el autoaprecio implica reconocer lo positivo, nuestras virtudes y logros. La autoestima sana y el autoaprecio se pueden considerar equivalentes.
El autoaprecio requiere de los mismos elementos que la autocompasión: mindfulness o consciencia y aceptación de lo positivo que hay en nosotros; la humanidad común: todos tenemos puntos fuertes y éxitos; bondad para con nosotros mismos, que significa dejar de centrarnos en los puntos débiles y dar más valor a nuestras cualidades.
“El hombre tiene dos caras: no puede amar sin amarse” (A. Camus).
* Blanca López de Etxazarreta Martín es psicóloga y terapeuta transpersonal y miembro de Saluspot








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