Se acerca el fin de año e imagino que, con ello, para algunos, días de reflexión y balance. Cada uno reflexionará de su forma y orientará su reflexión hacia aquello a lo que habitualmente dirige su atención. Desde esas premisas, también yo hago balance.

Y en el día de hoy reflexiono sobre algo que me ha llamado la atención durante el último mes y medio, concretamente desde el día 13 de noviembre, fecha de los atentados de París y también fecha en la que tuve el privilegio de compartir una clase de prácticas algo diferente, con estudiantes universitarios.
Como seguro ya saben, entre los días 30 de noviembre y 11 de diciembre se celebró la XXI Conferencia de las Partes (COP21) en París. Una vez más, las Naciones Unidas se reunieron con la intención de negociar un contrato universal para frenar, en la medida de lo posible, las consecuencias del cambio climático. Dependiendo de las expectativas que cada uno tuviera, los acuerdos se juzgarán como un éxito o un mero avance en la dirección correcta.
Interesantísimo esto (y recomiendo a todos los que sientan una mínima atracción que investiguen todo lo posible sobre la conferencia, los acuerdos y la letra pequeña de los mismos), no es sobre lo que quiero poner mi atención. En lo que me gustaría poner el foco, es en nuestras expectativas.
Durante los doce días de duración de la Conferencia, si no me equivoco, la mayor parte de la cobertura mediática de prensa, radio y televisión en nuestro país se centró en las intervenciones contra el terrorismo yihadista con posterioridad a los ataques de París, el eterno problema catalán y su posible impacto en las elecciones generales del 20-D, la borrachera de encuestas sobre los posibles resultados de estas elecciones y, por supuesto, la cobertura de la campaña oficial de las mismas.
Aunque todo ello es muy válido y tiene amplia repercusión en nuestro día a día y nuestras vidas, creo que no llega al impacto que el cambio climático está y continuará teniendo (a pesar de no sentirlo cercano ya, de no ver sus múltiples consecuencias derivadas) sobre todos nosotros. A pesar de ello, la balanza mediática se inclina a su favor.
¿Por qué?, me pregunto. ¿A qué se debe que haya tal diferencia? Creo que es resultado de nuestra consideración personal de en qué momento nos afectará algo que está ocurriendo. Y así, sentimos que el impacto del resultado de las elecciones, quién gobierne y si hay que convocar o no nuevos comicios (en Cataluña y en España) descenderá sobre nosotros a corto plazo, mientras que las consecuencias del cambio climático, a priori, se nos antojan muchísimo más remotas en el tiempo (y algunos incluso piensan que difícilmente llegarán a ser realidad en sus vidas). Una vez más, el corto plazo preeminente, y con ello intuyo que, en muchas ocasiones, consiguiendo que lo urgente (y a veces el interés disfrazado de urgente) desplace a lo importante.
Siento que es esto lo que nos empuja a continuar haciendo lo que siempre hemos hecho, a comportarnos de igual forma, a prestar atención a lo que siempre se la prestamos y caminar, una y otra vez, el mismo camino. Y así, le dedicamos más tiempo al resultado de los posibles pactos de gobernabilidad posteriores a las elecciones que a las consecuencias de políticas y legislación actualmente en vigor sobre temas también clave para nuestro día a día, como el mix energético, el cuidado del suelo, la conservación de nuestras aguas, la propiedad de los elementos básicos para la vida…
Qué distinto de la pequeña historia que se relata en el excelente documental Bateson, an Ecology of Mind:
A finales del siglo XIX, un entomólogo, que se encontraba en New College Oxford observando las enormes vigas que formaban el entramado del techo del gran comedor, se dio cuenta de que necesitaban repararse o sustituirse. Se preguntó en ese momento dónde, en la Inglaterra de aquel tiempo, podría encontrarse madera de roble de tales proporciones (de 12 metros de largo y 60 centímetros de espesor). Al parecer, en alguna parte de las tierras que pertenecían al colegio había una zona con robles enormes de la que se ocupaba un guardabosques, que dijo: “Llevamos tiempo pensando cuándo iban a hacernos esa pregunta. Hemos estado cuidando estos robles para poder proporcionar vigas nuevas a New College Oxford. Todo el mundo sabe que las vigas duran tan sólo unos cientos de años, y queríamos tener la madera disponible para cuando fueran necesarias”.
Recuerdo haber compartido esta historia con uno de los grupos de estudiantes de ese viernes de noviembre, y recuerdo también que produjo un silencio de reflexión, un darse cuenta de lo que suponía verdaderamente pensar hacia adelante.
Y entonces, sueño… ¿Y si nos permitiéramos, durante los pocos días que restan para que finalice el año, invertir las tornas y jugar a que lo importante desplace a lo urgente? ¿Y si en cada decisión que tomemos estos días, y aunque sea tan sólo jugando, comenzáramos por definir qué largo plazo queremos para ayudarnos a desembocar en lo que necesitaríamos hacer hoy para llegar a ello? ¿Qué podría ayudarnos a permitírnoslo?
Me gustaría, por ejemplo, pensar que las temperaturas de inicio de primavera y floración de distintas especies que estamos disfrutando en diciembre, aquí y en muchos países europeos, o las terribles inundaciones que hoy asolan zonas del norte de Europa, pudieran convertirse en elemento detonante para comenzar a andar en el camino que nos lleve a equilibrar el corto y el largo plazo.
Y puestos a soñar, que poco a poco este equilibrio lo aplicaran más y más personas y cada vez a más áreas y a más y más importantes decisiones.
Es posible. Puede que sea lento, pero lo importante es empezar, dar el primer paso. Llegará un día en el que muchos, no sólo algunos CEOs puedan decir, como aparece en el libro Invisible Giants, lo siguiente:
“Nos habéis ayudado a cambiar la naturaleza de las conversaciones que mantenemos. Hoy, cuando tenemos que decidir sobre una inversión, el primer punto de la agenda es: ¿qué impacto social y medioambiental tendrá esta inversión? Solía estar al final de la lista, ser el último elemento que considerábamos. Nos habéis ayudado a cambiar nuestras prioridades”.
Para vivir y mantener la vida necesitamos la presencia de algunos elementos (y emociones, aunque de eso hablaremos otro día) básicos. Trabajemos en 2016 para que cuidarlos y tenerlos disponibles para el largo plazo forme parte de la reflexión y consideraciones del corto.
¡Feliz 2016!
*Catalizando el desarrollo integral de personas y organizaciones








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