
No voy a entrar en ningún tecnicismo médico para definir la fístula vaginal, no me corresponde. Pero sí decir de forma sencilla y fácil, para que todos lo podamos entender, que la fístula vaginal es un desgarro de la pared que separa la vagina de la vejiga urinaria y el recto. Cuando en occidente hablamos de fístula vaginal, normalmente la entendemos como la consecuencia de una complicación en un parto, aunque en la actualidad, cuando surge un problema, para evitarla se acude a la cesárea. Muy diferente a lo que ocurre en los conflictos bélicos, donde la mayoría de las mujeres y niñas que padecen este problema han sido víctimas de violaciones y agresiones sexuales bestiales.
Más de 500.000 mujeres y niñas son violadas sistemáticamente en la República Democrática del Congo, como bien denuncia la periodista congoleña Caddy Adzuba, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2014, que gracias a este premio -y al documental que ha grabado con la fotógrafa española Ouka Leele- ha dado más visibilidad a la tragedia que millones de mujeres y niñas padecen en todos los conflictos bélicos, donde sus cuerpos son usados como campo de batalla.
Estas violaciones ocurren de forma violenta, delante de hijos y maridos, con grupos de hombres armados, donde se las viola sistemáticamente, uno detrás de otro, destrozando sus órganos sexuales, utilizando armas de fuego, bayonetas, cuchillos, plásticos calientes y palos que introducen en la vagina produciendo una fístula traumática con lesiones devastadoras.
Las que sobreviven no pueden controlar la orina y las defecaciones. Muchas de ellas no reciben tratamiento médico y lo sufren en silencio; otras son intervenidas quirúrgicamente, en los escasos centros hospitalarios que existen, hasta en ocho ocasiones, pues deben restablecer su organismo, tratar la fístula y detener la incontinencia. La falta de hospitales, especialistas y recursos imposibilita atender toda la demanda. Algunas también son contagiadas por el VIH y quedan embarazas, teniendo que criar a los hijos de esas violaciones que han roto sus vidas.
El personal sanitario y muchos voluntarios están haciendo un trabajo encomiable, especialmente personas como el doctor Mukwge, que junto a su equipo del hospital Panzi, uno de los primeros del país en practicar esta clase de intervenciones, lucha por intentar recuperarlas de las barbaridades y horrores a las que han sido sometidas. Lleva más de 3.500 intervenciones realizadas, a pesar de que sigue faltando infraestructura sanitaria.
La rehabilitación de las mujeres que sobreviven no es sólo física; también psicológica. Es muy difícil recuperar, no sólo la salud, sino la dignidad, cuando sus propios maridos, los familiares y la comunidad las repudian, haciéndolas sentir culpables y cargar con la deshonra de haber sido violadas.
Por todas las evidencias que hoy conocemos de lo que está pasando, no podemos mirar hacia otro lado; debemos movilizarnos para que la comunidad internacional y la sociedad civil reaccionen con más contundencia para ayudar y proteger a todas las mujeres y niñas que están siendo masacradas en todos los conflictos bélicos.







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