Alvin basó su método en corrientes psicológicas comportamentales y psicoanalíticas. Definió la musicoterapia como el uso controlado de la música en el tratamiento, la rehabilitación y la educación de niños y adultos que sufren desórdenes físicos, mentales o emocionales.
Su método de intervención fue estrictamente musical y consideró tres enfoques principales: el clínico, el recreativo y el educativo. Para ello utilizó dinámicas de escucha, la ejecución de instrumentos musicales, el uso de la voz cantada, la composición y la libre improvisación. Subrayó libre porque no impuso al paciente ninguna condición, regla previa o estructura. Por lo tanto, la persona puede entonar, tocar, crear melodías, producir ritmos y elegir libremente lo que quiera hacer.
Para Alvin era fundamental que el individuo se exprese sin limitaciones: lo importante aquí no es el resultado de la improvisación, sino analizar qué tipo de autoproyecciones, asociaciones libres y conexiones realizó. El instrumento musical es, generalmente, un objeto intermediario o la prolongación del yo, que servirá para interpretar simbólicamente sus sentimientos, su identidad, sus percepciones y conflictos, y el uso del placer para la motivación al cambio.
Otra de las prácticas más utilizadas fue la de escuchar música mientras se dibujaba y/o pintaba con el objetivo de despertar las funciones del ello, yo y superyó. Como en otros métodos de musicoterapia, no era necesario que el paciente tuviera conocimientos musicales. Asimismo, antes de comenzar el proceso terapéutico, Alvin diseñaba un tratamiento específico en base a la información inicial del paciente y de allí determinaba los objetivos para trabajar. El abordaje podía ser individual o grupal (de 4 a 12 personas), cada uno con sus características bien marcadas.
La fundadora de la Sociedad Británica de Musicoterapia promulgó el trabajo interdisciplinar incluyendo, en la medida de lo posible, a otros profesionales de la salud, como médicos, psicólogos, logopedas, etc.
La mayoría de su trabajo musicoterapéutico fue con niños y niñas con discapacidad, deficiencia mental y parálisis cerebral. En el enfoque clínico incluyó también problemas de hiperactividad, la distracción, el retraso del habla, problemas motrices y fobias, entre otros. Hay algunas contraindicaciones citadas, como es el caso del autismo, en donde se deberá tener especial cuidado a la hora de que la música no se convierta en una obsesión que refuerce el aislamiento. También lo desaconseja para aquellas personas que tengan problemas neurológicos o de percepción, problemas de audición o epilepsia.
Con respecto al profesional de la musicoterapia que quiera utilizar este modelo en sus sesiones, Alvin no mencionó ninguna competencia extra a la formación, sólo destacó que debe ser un músico con experiencia, bien entrenado en materia de improvisación, canto, destreza en la ejecución instrumental y que la persona del terapeuta sea equilibrada, madura y estable.
Para la autora, la música puede beneficiar tanto psicológica como físicamente a las personas, proporcionándoles un medio para autoconocerse, encontrar el equilibrio y crear relaciones sanas para ser felices.








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