En muchos casos son sus manos y sus pies. Las labores de las geroculturas (auxiliares de enfermería) en las residencias de mayores son en muchas ocasiones desconocidas, pero su papel cobra tal importancia que de ellas depende el bienestar de las personas mayores que atienden. En especial, en el caso de las personas asistidas, les asean, les visten, les dan de comer, y sobre todo, les sacan varias sonrisas a lo largo del día, pese a una demencia que les ha borrado sus memorias.
Antonia Macías trabaja en la residencia Usera, en la capital salmantina. Su labor de auxiliar, como ella misma reconoce, es totalmente vocacional, porque su tarea es dura tanto en lo físico como en lo psicológico. Cuando una persona mayor llega a una residencia suele ser en muchos casos porque ya no se valen por si mismos en sus domicilios, otros porque no tienen familia que pueda ocuparse de ellos, o por su grado de deterioro. “En este entorno tienes la muerte muy cercana”, advierte, propio de edades avanzadas y con patologías crónicas que van apagando a las personas.
Ellas se encargan del bienestar de cada residente las 24 horas del día, desde su aseo, la alimentación y detectar cualquier cambio que s¡gnifique una señal de alarma. Con cada usuario que atienden se produce una complicidad, se acomodan a su carácter y consiguen sacarle una sonrisa. “Ellos tienen que sentir cariño y confianza”, subraya esa auxiliar. Pero ganarse esa confianza a veces cuesta, “en casos de demencia tienes que saber como acercarte a ellos, y su carácter no tiene nada que ver con lo que han sido”. Por eso, en esta labor tan desconocida en ocasiones es fundamental tener como cualidad la paciencia. “Y saberte ganar al usuario, saber de qué pie cojea para saberle llevar”, relata Macías.
Esta auxiliar trabaja con los asistidos, los que más dependen de la auxiliar para su día a día. “La gente con demencia tienes que tratarles de una manera muy suave, se alteran rápido, no pudes hablarles alto, ni agarrarles por detrás, siempre de frente”, detalla. Las gerocultoras ven la enfermedad y la muerte cercana, “ves como avanza la enfermedad, se va viendo el día a día, son enfermedades que evolucionan, algunos más lentos y otros más rápidos”, y ellas son las primeras que detectan esa evolución. “Una persona que escribe y que de la noche a la mañana dejan de hacerlo”, recuerda la auxiliar.
De la mañana a la noche
El día comienza o bien con la ducha (en días alternos) o con el aseo personal. En ocasiones, estas auxiliares no pueden por ellas mismas mover a la persona mayor y se ayudan de un medio técnico como una grúa. “Y les pasas de la grúa a la silla de la ducha y de nuevo a su silla de ruedas”, aclara. Después de la ducha o el aseo les hidratan con cremas y les visten. Para el desayuno, una vez que les acercan al comedor, o bien desayunan solos o son ellas las que tienen que dárselo. Después les llevan al baño (todas las veces que a lo largo del día lo requieran). En el caso de llevar pañal tienen que cambiarselo. Como ellas mismas dicen es como cuidar a un bebé, porque muchos por sí mismos no pueden hacer nada.
Cuando llega la hora de las terapias (las que acudan a las mismas), las auxiliares son las que les acercan y una vez concluyen les van a recoger. “Muchos familiares nos dicen que lo que hacemos no está suficientemente agradecido”, confirma. Y a la hora de la comida en el caso de su residencia tienen dos turnos, el primero de asistidos (a los que a muchos de ellos tienen que dar de comer) y el de válidos. Después llega el turno de la siesta y tras ella, la merienda. La cena vuelve a estar dividida en dos turnos, tras la cual comienzan a meterles en la cama.
En el turno de noche una auxiliar y una enfermera se encargan de velar por todos ellos por la noche, con varias rondas. La supervisora de estas auxiliares-gerocultoras es Adela Calleja, con más de 20 años de experiencia. “Enseguida se ve la vocación, hay que tener un don para conectar con los mayores, te tiene que gustar”, insiste. La función de las auxiliares también depende de aprender las técnicas pero como asegura esta responsable es muy importante la vocación. “Técnicamente es cuidarlos desde que se levantan hasta que se acuestan, es el aseo diario, darles la alimentación, hidratarles”, enumera Calleja. Y la supervisora se plantea “¿qué hace la auxiliar?, suple a su familia, estamos para los problemas, acompañarles a los hospitales, si tienen alguna depresión o están tristes”.
El fallecimiento
Y tanto la supervisora como las auxiliares coinciden en que el peor momento es cuando son testigos del fallecimiento de alguna persona. “Estamos hablando de gente mayor que está en la última etapa de su vida y cuando alguien fallece es un subidón de adrenalina, lo haces de forma automática”, precisa la supervisora de las auxiliares. Adela reconoce que la primera vez que pasa afecta más, “lo más duro es que luego te vas a tu casa pero la vida sigue, y a los dos minutos tienes que seguir, tienes que cuidar a otro, no te puedes quedar anclada en ese fallecimiento”.
La primera vez que presenció un fallecimiento Antonia apenas llevaba trabajando en esta residencia ocho días, “es un palo pero te llegas a acostumbrar, tienes que hacer tu trabajo, hay gente con quien tratas más y te afecta, a veces no puedes impedir que se te salten las lágrimas, por muy fuerte que seas el primer impacto te lo llevas”, confiesa.
Un perfil especial
Aroa Sánchez es otra de las auxiliares-gerocultoras de esta residencia. Es de las más jóvenes y apenas lleva cinco meses. “He estudiado para esto y me gusta, tienes que valer porque también ves muchas penas, es muy duro”, admite. Lo que peor lleva es que a veces ve a gente joven con alzheimer, “es duro en lo físico y en lo psicológico, cuando entras aquí tienes que saber que estás trabajando pero cuando sales tienes que olvidarte. En su caso reconoce que les coge cariño, “piensas en tus abuelos”. Uno de los usuarios que atiende tiene sobre unos cincuenta años y tiene alzheimer avanzado. No le resulta fácil llevarlo a su cama, para darle de comer. Estas profesionales tienen la capacidad de calmarles, de transmitirles seguridad, y sortear los ataques más agresivos que acompaña a las demencias.
Desde la dirección de esta residencia reconocen que las auxiliares son el punto de conexión de la empresa con el residente, “que es la que más tiempo pasa con el usuario”, reconocen. Asismismo, insisten en que para que funcione una residencia la clave está en las auxiliares de enfermería. También valoran su labor de detección de problemas, “que reportan a enfermería”, y ante cualquier cambio lo comunican, “por ejemplo si lo ve más raro de lo normal”.





















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