Todo el mundo sabe lo que se siente cuando te hacen cosquillas, pero hasta ahora no se comprendía por qué algunas partes del cuerpo eran más sensibles que otras. Un nuevo estudio revela que dicha sensibilidad sigue un patón similar en todas las culturas y que está determinada por algo más que la susceptibilidad al tacto.
Para saberlo, los expertos del trabajo, publicado en Nature Human Behaviour, estudiaron a 448 adultos jóvenes de entre 18 y 30 años procedentes de entornos culturales chinos, neerlandeses y griegos. Los participantes hablaron sobre sus experiencias con las cosquillas y señalaron las partes de su cuerpo donde eran más vulnerables.
También indicaron el grado de sensibilidad al tacto, dolor y placer, lo que permitió a los expertos investigar si estas sensaciones presentaban un patrón corporal propio y distintivo.
Similitudes sorprendentes
Los resultados mostraron semejanzas entre los tres grupos y casi todos los participantes sintieron cosquillas al menos una vez. Las regiones del cuerpo que se identificaron como más vulnerables fueron el cuello, las axilas, el abdomen y las plantas de los pies, con independencia de la cultura y personalidad de cada individuo.
Además, cuando las cosquillas las realizaba una pareja íntima, el patrón era similar, pero también incluía la ingle y la parte interna de los muslos.
«No solo nos sorprendió que esas zonas fuesen sensibles a las cosquillas, sino la fuerza con la que este patrón corporal se generalizaba entre las distintas culturas y sujetos», explica Konstantina Kilteni, líder del estudio e investigadora de la Universidad de Radboud. «Esto sugiere que podría existir algo así como un mapa de las cosquillas», puntualiza.
Patrón corporal único
Los expertos compararon estos patrones con los de la sensibilidad táctil, el dolor, placer y otras sensaciones corporales, y revelaron que, pese a que hubo cierto solapamiento, las cosquillas poseen un recorrido corporal diferente que se puede distinguir de otras experiencias sensoriales.
Asimismo, señalaron que estos resultados les ayudaron a poner a prueba varias hipótesis pasadas, lo que les ayudó a señalar que la sensibilidad a las cosquillas surge de una combinación de factores sensoriales fisiológicos y sociales.
¿Un rasgo evolutivo?
Estas semejanzas no se limitan solo a fronteras culturales, ya que algunos de los patrones en humanos también se observan en grandes simios. Los primates utilizan sus manos (o la boca) para hacer cosquillas en muchas de las zonas parecidas a las de los humanos, a la vez que sus víctimas responden con sonidos parecidos a la risa.
Los expertos creen que tiene alguna función social, porque tienden a producirse entre individuos con vínculos fuertes. En los bonobos, por ejemplo, las parejas con uniones sólidas, como las madres y sus crías, se hacen cosquillas entre sí con más frecuencia que las parejas con vínculos débiles. Estos paralelismos plantean la posibilidad de que la sensibilidad a las cosquillas no sea simplemente algo exclusivo de los seres humanos.
Referencia:
Xiong, Z. et al. Human ticklishness is a widespread, culturally shared and bodily organized sensory experience. Nature Human Behaviour. 2026
Fuente: Instituto Karolinska / SINC








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