Con demasiada frecuencia me invade el pensamiento de que la gente me cae mal. Así, por filosofía de vida, sin un motivo en concreto desencadenante. Lo saben quienes me conocen y, si ustedes me siguen, es probable que a estas alturas ya hayan descubierto que tengo un serio problema de conducta, digno de ser psicoanalizado.
No es nada personal, es más bien una animadversión general, fruto de esta mierda de aldea global que llevan décadas vendiéndonos y que, en realidad, nos ha llevado a preocuparnos sólo de nosotros mismos y a fastidiar al prójimo en la medida que nos sea posible.
Lo cierto es que cada vez con mayor frecuencia me pasa que no soporto a este mundo. No soy capaz de soportar a esta sociedad ni a los personajes que la conforman. Y para ser justos y honestos, he de decir que, por no aguantar, hay días (muchos) que no me aguanto ni a mí misma, que a menudo suelo pecar del mismo conformismo que critico a los demás y de abandonarme a la vida loca, ajena a todo lo que sucede a mi alrededor.
Y toda esta moralina viene a cuento del asco nauseabundo que me produce estos días leer la prensa o escuchar los informativos. Contemplo entre arcadas el baño triunfalista de masas y el respaldo servil de miles de simpatizantes que llenan pseudomítines políticos idolatrando a líderes ineptos y sinvergüenzas, aplaudiendo ensimismados sus falsos discursos para una novia maltratada a la que tratan de convencer, arrepentidos y pidiendo perdón de rodillas, de que éste es el último bofetón que le pegan.
Y mientras los que nos chulean se enzarzan en sus tanganas pandilleras para ver quién se hace con el control del negocio, la hiriente promesa del todo va bien e irá mejor. Nos putean, en el sentido estricto de la palabra, y mientras siguen con sus sintonías triunfalistas y palmaditas en la espalda, en un permanente borrón y cuenta nueva y un lavarse las manos a cuenta de sus conciencias defectuosas.
Y nadie parece ya acordarse de los que se han quedado por el camino, a los que han robado la salud, la ilusión y la esperanza. Del llanto y la desesperación de esos millones de proyectos vitales que se han resbalado por una cloaca por la incompetencia de quienes llevan las riendas de nuestros designios.
Y cómo no me voy a caer mal, si mi silencio cómplice y mi inmovilismo les ampara.








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