Según datos del último Barómetro Juventud, Salud y Bienestar de Cataluña, 6 de cada 10 adolescentes presentan, con mayor o menor frecuencia, algún tipo de síntoma de malestar emocional. En este contexto, la Escuela de Salud del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona (HSJD) ha presentado el último informe Faros, que da a conocer estrategias en el entorno familiar y docente para promover el bienestar emocional en niños y adolescentes, y fomentar su resiliencia o capacidad para afrontar las adversidades.
El informe, que lleva por título ‘Navegando las adversidades: claves para una infancia y adolescencia resiliente’, revela que el estilo de parentalidad o crianza y un modelo educativo de disciplina positiva juegan un papel clave en el bienestar emocional de los niños e inciden en la construcción de sus redes neuronales. Estas conexiones neuronales generadas en la infancia condicionarán su personalidad, sus comportamientos y sus pensamientos futuros.
El trabajo del HSJD se hace eco de un reciente estudio de gran relevancia llevado a cabo por el Instituto de Investigaciones Médicas del Hospital del Mar de Barcelona (IMIM), conjuntamente con el Hospital de Clínicas de Porto Alegre de Brasil y el Hospital Clínico de Barcelona, ??que pone de manifiesto la influencia decisiva que tiene la mentalidad adulta.
A partir del análisis de 93.000 casos, se ha constatado que el hecho de haber sufrido traumas psicológicos durante la infancia triplica el riesgo de tener un trastorno mental grave en la edad adulta. Uno de los datos más relevantes de este estudio es que cataloga como trauma no sólo las catástrofes, las muertes violentas, el maltrato, el acoso o el abuso familiar, físico y sexual, sino también el abuso y la negligencia emocional.
Crecer con autoestima y autoconfianza
Por eso, los autores del informe Faros consideran clave promover el bienestar emocional durante el periodo de la infancia. Hacerlo ayuda a que estos niños crezcan con autoestima y autoconfianza, sean capaces de establecer relaciones sanas con el entorno, y de afrontar y superar las dificultades y adversidades de forma saludable. Los niños más resilientes presentan menos síntomas de ansiedad, depresión, problemas de comportamiento y mejor rendimiento académico a largo plazo.
Pueden regular mejor las emociones, utilizar estrategias de afrontamiento adaptativas, resolver problemas y búsqueda de soporte social en momentos de dificultades. Los niños resilientes tienen más probabilidades de convertirse en adultos con mecanismos de afrontamiento más sólidos, autoimagen favorable, más capacidades de adaptarse a las transiciones vitales.
Además, subrayan que la clave para el desarrollo saludable de la infancia y la adolescencia es garantizar un entorno que promueva el bienestar emocional de manera transversal. Más allá de poner el énfasis en resultados académicos o en modelos de felicidad basados ??en el consumo, proponen fomentar vínculos sólidos y espacios de apoyo real tanto a la familia como a la escuela y la comunidad.
De este modo, los niños y adolescentes pueden crecer con más herramientas para afrontar las dificultades cotidianas los estamos equipando para prosperar, aprender de la adversidad y alcanzar plenamente su potencial y objetivos, construyendo así una sociedad más resiliente, cohesionada y compasiva.
Modelo de parentalidad o crianza
Así, un modelo de parentalidad autoritario en el que se ejerce un control excesivo, se imponen límites sin la participación del menor en las normas de convivencia y se es muy crítico con el niño fomenta en él una baja autoestima y sumisión. El exceso de presión, además, puede provocar en el niño un estrés crónico que afecta a su desarrollo cerebral y causa problemas de memoria, dificultades de aprendizaje, y respuesta exagerada y excesivamente impulsiva al estrés.
En el lado contrario, un modelo de parentalidad permisivo, excesivamente cálido, donde el niño es el centro, donde se le tiene muy en cuenta, tampoco es recomendable. En este modelo de crianza, no se ponen límites al menor ni se le supervisa y esto genera en él inseguridad, poca contención y poca tolerancia a la frustración.
Una parentalidad negligente, que no ejerce ningún tipo de control ni seguimiento, genera rechazo y desprotección. La sobreprotección de los niños por parte de algunas familias tampoco es conveniente. La falta de oportunidades para afrontar retos y resolver problemas por sí mismos limita la capacidad de los niños para tomar decisiones independientes y apoderadas, y gestionar situaciones difíciles; les cuesta más asumir los errores y reconducirlos, y los hace menos autónomos.
Al no tener tantas oportunidades para aprender a gestionar las frustraciones y las adversidades de forma efectiva, pueden tener mayor tendencia al estrés y la ansiedad.
Establecer vínculos cálidos con los niños
Por todo ello, los autores del informe recomiendan practicar una parentalidad democrática, que pone límites y supervisa a los menores desde la afectividad, fomentando la comunicación y estableciendo vínculos cálidos con los niños. Este estilo parental, dicen, fomenta el sentimiento de pertenencia, hace partícipe al menor de las decisiones y le capacita para la vida.
El informe ofrece recomendaciones concretas para ejercer este tipo de parentalidad o modelo de crianza durante las distintas etapas de la vida del niño y en situaciones concretas de la vida cotidiana. Los autores del informe inciden en la importancia de que los adultos también cuiden y trabajen por su propio bienestar emocional para propiciar más fácilmente el de sus hijos.
Disciplina positiva en el aula
Educar en un modelo de disciplina positiva ayuda a los niños a crecer con bienestar emocional. Es un modelo de crianza que puede aplicarse en el aula con buenos resultados. Implica ayudar a los alumnos a reconocer cómo se sienten y qué necesitan; alentando y valorando el esfuerzo y no el resultado; enseñar habilidades sociales y para la vida desde el respeto y la capacitación, y animar a los niños a descubrir sus capacidades con un uso constructivo de su poder y su autonomía. Fomenta poner límites de manera respetuosa y firme al mismo tiempo.
La disciplina positiva requiere que los docentes reciban una formación específica que les proporcione herramientas y estrategias adecuadas para aplicarla de forma coherente y sistemática. Esta metodología se vincula directamente a la enseñanza de habilidades socioemocionales y la creación de un entorno educativo basado en el respeto mutuo, la empatía y la responsabilidad compartida.
Su aplicación es transversal y se refleja en muchos ámbitos de la vida escolar: desde cómo se alienta y se reconoce el esfuerzo del alumnado, hasta cómo se organiza y gestiona el espacio del patio, pasando por las estrategias para abordar los conflictos y la valoración de las diferencias individuales. El objetivo es que cada alumno se sienta respetado, escuchado y capaz de contribuir al bienestar colectivo.
Un buen ejemplo de esta práctica son las reuniones de clase, donde los alumnos y el tutor se reúnen de forma regular en formato de círculo. Este espacio promueve la participación activa y el diálogo abierto, favorece la escucha y expresión de las emociones y permite trabajar conjuntamente las habilidades socioemocionales.
De esta forma, no sólo se fomenta la convivencia y la cohesión de grupo, sino que también se ofrece al alumnado la oportunidad de sentirse protagonista y corresponsable del clima escolar.
Otras acciones en la comunidad
Los autores del informe señalan que, además del modelo de crianza y de la disciplina, es importante cuidar el entorno en el que se lleva a cabo. En este sentido, reflexionan que en España los niños y jóvenes tienen buena salud, son la generación de niños y jóvenes con mejores posibilidades de educación y de salud, y, sin embargo, son las que expresan mayor malestar emocional y sensación de soledad. Por eso, consideran que es necesario revisar en profundidad las políticas de salud pública y asistenciales, educativas y sociales, así como rediseñar los espacios de las ciudades.
En concreto, proponen impulsar programas de creación de hábitos saludables en higiene, alimentación, actividad física, salud afectiva y sexual, uso de herramientas digitales y bienestar emocional. También abogan por que el sistema sanitario trabaje conjuntamente con los centros educativos y los ámbitos sociales, de ocio y cultura locales y potencien intervenciones más comunitarias.
En el ámbito de la educación y la salud, los autores del informe resaltan que la enfermera escolar y comunitaria y los técnicos en salud pública deben convertirse en unos profesionales sanitarios nucleares para la promoción de la salud y la detección de alertas (trastornos alimentarios, conductas sexuales de mayor riesgo, acoso por la atención a la inactividad física, malestar sanitaria y seguimiento.
También proponen que el sistema sanitario profundice los cribados para detectar los determinantes genéticos/biológicos que generan discapacidades físicas, intelectuales o trastornos que condicionarán las relaciones sociales o aprendizajes atendiendo a que una detección precoz permite intervenciones más eficaces y disminuye la brecha por renta.
Ciudades que propicien salud
En el ámbito social, abogan por priorizar el apoyo económico y acompañamiento a la diversidad de familias porque, según dicen los autores del informe, las políticas de salud pública más efectivas son las actuaciones para disminuir la pobreza conjuntamente con el empoderamiento en la salud de los niños, los jóvenes, las familias y las comunidades.
Los autores del informe también proponen diseñar ciudades que propicien salud, con más espacios naturales que promuevan la actividad física y la reducción del calor, porque existe evidencia científica de que la mejora medioambiental y el clima incrementan la capacidad de atención y concentración de los niños, la autoconfianza, la serenidad y la conexión social.
Entorno más saludable
Unos sesenta estudios demuestran que la desconexión de la naturaleza tiene efectos negativos en el bienestar emocional y que el contacto con ella aporta beneficios físicos, emocionales y para la socialización. También apuntan que, en las ciudades, el diseño y la gestión del espacio público puede favorecer la salud y el bienestar.
En este sentido, resaltan que es importante que las ciudades dispongan de espacios verdes urbanos que reduzcan la contaminación del aire, la temperatura y promuevan la actividad física y la cohesión social.
También consideran necesario que la sociedad trabaje para disminuir los factores de estrés en la vida de las familias tales como las dificultades económicas laborales, de salud, de vivienda, de discriminación social y o cultural para que las familias estén en condiciones y puedan acompañarles adecuadamente.
Por eso, abogan por crear espacios de autocuidado y expresión de malestares para personas adultas, asegurando que reciban el acompañamiento necesario para cuidar del cuidador, lo que puede repercutir en un entorno más saludable y coherente para el desarrollo de los niños.
















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