Un equipo de investigación español ha desarrollado una fórmula que se toma por vía oral y que protege al organismo frente a uno de los daños más severos que puede sufrir una célula. En los ensayos, el 90% de los animales que la recibieron seguía con vida un año después de haber sido expuesto a una dosis de radiación letal. En el grupo que no recibió tratamiento no sobrevivió ninguno más allá de los noventa días.
El estudio lo firman la Universitat de València, el Hospital Universitari i Politècnic La Fe, la Universitat de Barcelona y la biotecnológica mallorquina CIRCE Health Science, que aporta la tecnología que hace posible la fórmula. Se ha publicado en la revista científica internacional Biomedicine & Pharmacotherapy y sus resultados se han obtenido en modelos preclínicos.
Hasta ahora ningún compuesto oral había demostrado una protección de este alcance. Los tratamientos disponibles se administran por vía inyectable y actúan sobre tejidos concretos —fundamentalmente la médula ósea—, no sobre el conjunto del organismo.
Las células no solo sobreviven, se recuperan
El dato de supervivencia es muy llamativo, pero los investigadores subrayan que lo verdaderamente relevante es en qué estado sobrevivieron los animales tratados. Recuperaron el peso corporal, la capacidad de producir células sanguíneas, la función intestinal y la actividad motora normal. En estudios anteriores con otros compuestos, la supervivencia se conseguía a costa de un deterioro fisiológico permanente.
Esa diferencia —entre aguantar el impacto y recuperarse de él— es el corazón del hallazgo. Los autores lo describen con el término que la biología emplea hoy para nombrarlo: resiliencia celular.

«Una cosa es resistir y otra cosa es, cuando la célula ha sido dañada, poderse reparar», asegura el investigador principal Dr. José María Estrela
El equipo no solo documentó que los animales sobrevivían, sino los mecanismos concretos por los que lo hacían. En palabras del propio Estrela, «no solamente es que sobreviven, sino que sabemos cómo sobreviven». La fórmula actúa sobre tres rutas biológicas simultáneas: refuerza las defensas antioxidantes de la célula, frena los procesos de inflamación y activa los mecanismos internos que eliminan y sustituyen los componentes celulares dañados.
Por qué esto interesa más allá de la radiación
La radiación no es el objetivo final de la investigación: es el banco de pruebas. Se utilizó porque produce en cuestión de minutos el mismo tipo de daño que el organismo va acumulando lentamente a lo largo de la vida.
El nexo entre ambos procesos se llama estrés oxidativo, y es una consecuencia inevitable de algo tan básico como respirar. Al procesar el oxígeno, las células generan unas moléculas —los radicales libres— que dañan sus estructuras internas. En cantidades normales es un fenómeno fisiológico. En exceso, deteriora.
«El estrés oxidativo está relacionado con los daños acumulados que causan nuestro envejecimiento; el estrés oxidativo es fundamental para el crecimiento de los cánceres; y el estrés oxidativo es el mecanismo fundamental por el cual las radiaciones ionizantes causan daños», añade el Dr. José María Estrela
La diferencia entre envejecer y recibir una dosis de radiación, explica el investigador, no está en el mecanismo sino en la intensidad: en el envejecimiento «el daño es de baja intensidad, pero se acumula a lo largo del tiempo y supera nuestros mecanismos fisiológicos, los normales, para repararnos. Por eso nos vamos deteriorando».
Esa equivalencia es la que explica el interés del hallazgo. Una fórmula capaz de sostener a una célula sometida al daño más agudo posible está actuando sobre los mismos mecanismos que gobiernan el desgaste cotidiano del organismo.

Un obstáculo que llevaba décadas sin resolverse
El desarrollo de compuestos protectores frente a la radiación arrastra un problema de fondo desde hace décadas: lo que protege al tejido sano tiende a proteger también al tumor. En radioterapia, eso significa que el tratamiento pierde eficacia justo donde debe tenerla.
El estudio aborda esa cuestión con dos modelos tumorales especialmente difíciles. En cáncer de mama triple negativo —uno de los subtipos más agresivos— la radioterapia mantuvo intacto su efecto sobre el tumor. En glioblastoma, un tumor cerebral históricamente resistente a la radiación, ocurrió algo que los investigadores no esperaban: la sensibilidad del tumor al tratamiento mejoró.
Si estos resultados se confirmasen en ensayos clínicos con pacientes, abrirían la puerta a administrar dosis de radioterapia más altas y eficaces reduciendo al mismo tiempo los efectos adversos sobre los tejidos sanos.
Una primera evidencia, ya en pacientes
El estudio publicado se ha realizado en modelos animales, pero no es la única evidencia sobre la mesa. Los mismos componentes se están evaluando ya en un ensayo clínico con pacientes, en dos hospitales de la Comunitat Valenciana: el Hospital Universitari i Politècnic La Fe y el Hospital Clínico Universitario de Valencia.
El ensayo se realiza con pacientes de cáncer de cabeza y cuello que reciben radioterapia crónica, un tratamiento que a determinadas dosis provoca dermatitis severas en la piel. Los componentes se aplican en forma de crema, no como el compuesto oral del estudio principal.
«El ensayo clínico no está terminado, pero los resultados parciales que tenemos apuntan a que estos mismos componentes radioprotegen a los pacientes y evitan las dermatitis severas (…) Ya tenemos una prueba en humanos, en un ensayo clínico, en una situación de daño extremo donde los productos son eficaces. Esa es una evidencia directa en el ser humano, no en un modelo experimental», explica el doctor.
El propio investigador insiste en la cautela: el ensayo sigue en marcha y los datos disponibles son parciales. Pero es, por ahora, la primera vez que este tipo de compuestos muestra un efecto protector directamente en personas, y no solo en modelos animales.
La pieza que aporta CIRCE: hacer que el principio activo se absorba
La fórmula combina cuatro compuestos. Dos de ellos son polifenoles —moléculas que las plantas fabrican para defenderse— y se administran antes de la exposición. Los otros dos actúan después: uno activa los mecanismos de reparación del ADN y el otro, un fármaco de uso clínico habitual, contribuye a la recuperación de los tejidos.
Uno de esos polifenoles es el pterostilbeno, presente de forma natural en arándanos y uvas. Su problema es conocido desde hace años: por sí solo apenas se absorbe. Puede tener un enorme potencial en el laboratorio y no llegar en cantidad suficiente a los tejidos donde debería actuar.
Ahí interviene CIRCE Health Science. La compañía, con sede en Mallorca y laboratorios en el Parque Científico de la Universitat de Barcelona, está especializada en ingeniería de cocristales: una técnica que combina un principio activo con otra molécula para mejorar su absorción, su estabilidad y su solubilidad sin alterar su composición química. Aplicada al pterostilbeno, permite que el compuesto llegue en concentración eficaz allí donde tiene que hacer su trabajo.
«La ingeniería de cocristales permite que principios activos con enorme potencial —como el pterostilbeno— alcancen la biodisponibilidad necesaria para ser realmente eficaces en los tejidos donde deben actuar. Este estudio valida esa apuesta con el perfil de resultados más completo que hemos tenido hasta ahora», detalla Rafel Prohens, cofundador de CIRCE Health Science e investigador de la Universitat de Barcelona
Sin esa optimización, señalan los autores, los polifenoles de la fórmula no habrían alcanzado la concentración necesaria para producir el efecto observado.
De la investigación al mercado
La patente, desarrollada por el grupo del Dr. Estrela en la Universitat de València, está concedida y licenciada a CIRCE Health Science. A partir de ella, la compañía ha desarrollado Pteroyouth®, su ingrediente propio, que es el que incorporan los productos de iove, la marca con la que CIRCE ha llegado al consumidor final.
«Llevamos más de una década resolviendo el problema de la biodisponibilidad del pterostilbeno. Este estudio demuestra que esa solución funciona incluso bajo el estrés biológico más severo que existe, con un nivel de eficacia y amplitud mecanística que no había sido publicado para una formulación completamente oral», explica Fernando Barrera, CEO y cofundador de CIRCE Health Science
La compañía mantiene abiertas líneas de investigación en resiliencia celular, salud cardiovascular y neuroprotección, además de un ensayo clínico en curso sobre radiodermatitis con pacientes oncológicos en dos hospitales de la Comunitat Valenciana.











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