La soledad no deseada ha dejado de ser un problema individual para convertirse en un reto de salud pública intergeneracional que no solo afecta a mayores, sino a personas de todas las edades. La Organización Mundial de la Salud advierte de que casi una de cada seis personas en el mundo afirma sentirse sola y que, entre 2014 y 2019, la soledad se asoció a más de 871.000 muertes anuales, lo que equivale a unas 100 muertes por hora.
A este reto se suman las dificultades de acceso a la vivienda y la precariedad habitacional, que obligan a repensar los modelos residenciales desde la salud, la equidad y los cuidados. Desde esta perspectiva, la XLIV Reunión Anual de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) abordará en Pamplona el papel de los alojamientos/viviendas colaborativas o cohousing ante algunos de los grandes desafíos sociales y de salud actuales. Será el martes 23 de junio, a las 17:00h, en una mesa abierta a la ciudadanía que se celebrará en el Civivox Condestable de Pamplona.
“Cómo vivimos, también influye en cómo enfermamos”. Bajo esta premisa, se abordará el modelo cooperativo como una alternativa a la vivienda tradicional, respondiendo no solo al derecho a un bien de primera necesidad, sino como un factor directamente relacionado con la salud, la equidad, la salud mental, la autonomía personal, los cuidados mutuos, la capacidad de las comunidades para generar redes de apoyo y la sostenibilidad.
La precariedad habitacional no solo condiciona la edad de emancipación o la estabilidad económica, sino también el bienestar de las personas: la incertidumbre residencial, el sobreesfuerzo económico, los cambios frecuentes de vivienda o la imposibilidad de construir vínculos comunitarios estables pueden agravar situaciones de estrés, aislamiento y vulnerabilidad en todos los ámbitos de la salud global.
En este contexto, la mesa analizará el papel que pueden desempeñar los modelos de alojamientos/viviendas colaborativas como respuesta comunitaria ante estos retos, así como las condiciones necesarias para facilitar su desarrollo, desde la perspectiva y apoyo institucional, la construcción de las cooperativas, las redes de economía solidaria y, colaboración entre cooperativas y entidades sociales hasta la adaptación normativa o el acceso a suelo y financiación.
Un 20% de la población sufre soledad no deseada
España, según datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada, alrededor de un 20% de la población sufren soledad no deseada, un porcentaje que asciende hasta el 25,5% en los jóvenes de entre 16 y 29 años. Las personas jóvenes son también uno de los grupos poblacionales con más problemas para acceder a una vivienda. De hecho, el gasto en vivienda lleva a uno de cada tres a estar en riesgo de pobreza.
Por otra parte, el envejecimiento de la población y la dependencia necesitan soluciones y alternativas a las residencias tradicionales. Ante esta situación, el cohousing -nacido en Dinamarca en la década de los setenta- se erige como una forma distinta de habitar. Estos proyectos combinan espacios privados con espacios comunes y buscan favorecer la vida comunitaria, la integración en el entorno, el apoyo mutuo y el uso compartido de recursos como cocinas, lavanderías, transporte, bicicletas, huertos, mantenimiento o servicios de cuidados, lo que los hace sostenibles tanto a nivel económico como medioambiental.
“No se trata solo de acceder a una vivienda, sino de repensar cómo queremos vivir, cuidarnos y relacionarnos. Estos proyectos nos ofrecen una respuesta comunitaria a necesidades que son también problemas de salud pública, como la soledad no deseada, el envejecimiento, la precariedad habitacional y los cuidados, que precisamos a lo largo de toda la vida”, señala Isabel Portillo, secretaria de la SEE y moderadora de la mesa abierta.
Actualmente, en España existen más de un centenar de proyectos de vivienda colaborativa en distintas fases de implantación, de los cuales alrededor de 40 ya están habitados.
Salud, cuidados y apoyo social
La vivienda colaborativa también se plantea como una respuesta a las necesidades de cuidados en todas las etapas de la vida. Uno de sus puntos de partida es ofrecer alternativas más allá del apoyo familiar tradicional y favorecer modelos comunitarios en los que las personas puedan compartir apoyos, recursos y responsabilidades.
“La vivienda colaborativa no consiste únicamente en compartir espacios, sino en organizar de otra manera los cuidados, los apoyos y los recursos. Frente a modelos residenciales cada vez más individualizados, estos proyectos permiten construir comunidad y ofrecer respuestas más sostenibles a necesidades que hoy muchas veces recaen solo en las familias o en servicios individuales”, apuntan desde la organización de la mesa.
Además, la ciencia ha comenzado a analizar el impacto de este tipo de modelos sobre la salud. Un estudio realizado en Cataluña con 70 participantes observó mejoras en las condiciones de vivienda y en la percepción de salud, salud mental y apoyo social tras el traslado de dichas personas a viviendas cooperativas.
Barreras para su puesta en marcha
Muchos proyectos de vivienda colaborativa plantean alternativas a la propiedad privada convencional, como el derecho de uso o la cesión de suelo público. En estos modelos, las personas residentes suelen formar parte de una cooperativa y acceden a la vivienda sin adquirirla en propiedad, compartiendo además espacios, servicios y recursos comunes. Esta fórmula permite mantener el carácter social del proyecto a largo plazo e incorporar criterios de sostenibilidad, accesibilidad, integración con el entorno y apoyo comunitario.
Sin embargo, pese a su potencial, la vivienda colaborativa todavía encuentra obstáculos para su desarrollo. Entre las principales barreras figuran la creación y consolidación de los grupos cooperativos, la rigidez normativa para reconocer modelos que combinan apartamentos individuales y espacios colectivos, y las dificultades para acceder a suelo o financiación.
Desde la epidemiología, este debate permite ampliar la mirada sobre los determinantes de la salud y analizar cómo los entornos residenciales pueden facilitar o dificultar la conexión social, el cuidado mutuo, la autonomía y la vida comunitaria.










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