La Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP) recuerda que el desarrollo cerebral se construye día a día a través de gestos sencillos que, repetidos desde la infancia, se convierten en hábitos que acompañan toda la vida y se realizan de forma automática.
Coincidiendo con el Día Mundial del Cerebro, que se conmemora hoy, los especialistas de la sociedad científica identifican las siete claves principales para cuidar el cerebro desde los primeros años de vida.
«Las siete piezas fundamentales que construyen nuestro puzle cerebral son una alimentación equilibrada, el juego al aire libre, unos vínculos afectivos seguros, crecer rodeados de palabras, un sueño reparador, el uso de pantallas con límites y la seguridad y protección. Todas ellas constituyen la base de un cerebro sano. Son pilares básicos, pero imprescindibles, que, integrados en la rutina familiar, favorecen un desarrollo cerebral óptimo y un funcionamiento equilibrado en cada etapa», explica Lorena Monge, neuropediatra y miembro de la SENEP.
Según subraya esta especialista, el cerebro infantil atraviesa durante los primeros años de vida uno de sus periodos de mayor crecimiento y plasticidad. En esta etapa, las experiencias cotidianas son capaces de moldear las conexiones neuronales que sostendrán el aprendizaje, la memoria, la regulación emocional, la atención y las relaciones sociales durante toda la vida, entre otras funciones.
Bajo el lema Cada pieza cuenta para formar un cerebro sano para toda la vida, la Dra. Monge presenta estos siete pilares que favorecen un desarrollo neurológico óptimo:
1. Alimentación equilibrada
El cerebro de un niño crece con rapidez, consume mucha energía y necesita nutrientes específicos para formar conexiones neuronales, regular la atención, sostener el aprendizaje y mantener un estado emocional estable. Por ello, una alimentación variada y equilibrada resulta esencial para que el cerebro crezca y funcione correctamente.
Entre los alimentos más beneficiosos destacan el pescado azul (rico en omega 3, beneficioso para la memoria y la atención), las frutas y verduras (por sus antioxidantes, que protegen las neuronas) y los huevos (fuente de colina, importante para la memoria).
También las legumbres y los cereales integrales (que proporcionan energía estable), los lácteos o las alternativas vegetales enriquecidas en calcio y vitamina D, y el aceite de oliva virgen extra, que aporta grasas saludables y antioxidantes que favorecen la función cerebral.
También es importante limitar el consumo de azúcares añadidos y alimentos ultraprocesados, ya que generan picos de glucosa, afectan a la atención y no aportan los nutrientes que el cerebro necesita. Cuantos más alimentos frescos y poco procesados haya en el plato, más fácil será favorecer un cerebro fuerte, atento y preparado para aprender.

2. Juego al aire libre
El juego al aire libre no implica solo movimiento; es una de las experiencias más completas para el desarrollo cerebral durante la infancia. Cuando los niños corren, trepan, exploran o inventan juegos en el parque, se activan áreas cerebrales relacionadas con la coordinación, la planificación, la atención, la regulación emocional y la creatividad.
Además, pasar tiempo al aire libre reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y favorece el sueño. La luz natural regula los ritmos biológicos. De igual modo, el contacto con otros niños fortalece habilidades sociales esenciales, como respetar los turnos, negociar, desarrollar la empatía y resolver conflictos.
3. Vínculos afectivos (apego seguro)
Los vínculos afectivos constituyen el cimiento sobre el que se construye el desarrollo cerebral. Cuando un niño se siente querido, escuchado y protegido, su cerebro libera sustancias que favorecen la calma, la atención y el aprendizaje.
La presencia de un adulto disponible, que mira, responde, consuela y acompaña, ayuda al niño a regular sus emociones y a explorar el mundo con confianza.
Los gestos cotidianos son los que más importan: hablar con calma, sostener la mirada, responder a sus señales, validar sus emociones, compartir rutinas y dedicar tiempo de calidad sin prisas.
Estas interacciones repetidas fortalecen las conexiones neuronales que sustentan la autoestima, la empatía y la capacidad de relacionarse. Un vínculo afectivo seguro no significa ausencia de límites, sino cercanía, coherencia y sensibilidad.
4. Crecer con palabras
Hablar con los niños, contarles cuentos y narrar lo que ocurre a su alrededor es una de las formas más sencillas y eficaces de estimular su desarrollo cerebral. Al escuchar palabras, historias y conversaciones dirigidas a ellos, su cerebro crea y refuerza conexiones que favorecen el lenguaje, la atención, la memoria y la comprensión del mundo.
Gestos tan cotidianos como describir lo que hacemos, responder a sus balbuceos, leer un cuento cada día, cantar o esperar su turno para hablar crean un entorno rico en lenguaje que impulsa su desarrollo cognitivo y emocional.
5. Sueño reparador
Dormir las horas suficientes y disfrutar de un sueño de calidad es esencial para el desarrollo cerebral. Durante el descanso, el cerebro consolida lo aprendido, regula el sistema de respuesta al estrés y favorece la atención, la memoria y el equilibrio emocional.
Las rutinas predecibles, los horarios regulares y un ambiente tranquilo ayudan a que el niño concilie el sueño y descanse adecuadamente. Hábitos sencillos, como reducir la intensidad de la luz, evitar las pantallas antes de dormir y repetir la misma secuencia cada noche, facilitan un descanso que favorece su desarrollo cognitivo y emocional.

6. Pantallas con límites
El uso de pantallas debe estar sujeto a límites claros para proteger la atención, el sueño y el desarrollo del lenguaje. Durante los primeros años de vida, el cerebro es especialmente sensible: los bebés no deberían estar expuestos a pantallas y el tiempo de uso debe incrementarse de forma gradual y adaptada a la edad.
Establecer horarios definidos, evitar las pantallas antes de acostarse y priorizar actividades activas y compartidas ayuda a mantener un uso equilibrado. Además, los niños aprenden por observación, por lo que el ejemplo de los adultos resulta fundamental: comprobar que sus cuidadores están presentes y no pendientes del teléfono móvil tiene más impacto que cualquier norma sobre el uso de las pantallas.
7. Seguridad y protección
Proteger el cerebro en desarrollo implica reducir los riesgos que pueden causar lesiones graves. El uso adecuado de los sistemas de retención infantil en el coche, ajustados a la edad y al peso del niño, constituye una de las medidas más eficaces para prevenir los traumatismos craneoencefálicos en la infancia.
En las actividades al aire libre, el uso del casco al montar en bicicleta o patinete reduce de forma significativa el riesgo de lesiones cerebrales en caso de caídas o colisiones. Asimismo, asegurar los muebles, extremar la vigilancia cerca del agua y enseñar normas básicas de seguridad permite que el niño explore y juegue con confianza en un entorno que lo protege mientras crece.











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